martes, 16 de mayo de 2023

Juan Rulfo

Escribía, escribía y escribía...


Dr. Héctor Darío Aguirre Arvizu
17-05-16
23-05-16

 
  Nota: Debido a que Google y Facebook consideran "viejas" las publicaciones de antes del 2020 nos vemos en la necesidad (y el gusto) de publicar nuevamente todas las entradas importantes, como las semblanzas, para que puedan ser "vistas" por esos sistemas y puedan ser compartidas.
 
 #Semblanza #ElPersonajeDelDía #UnDíaComoHoy 16 de mayo de 1918 nace el escritor Juan Rulfo, uno de los máximos literatos contemporáneos, autor de Pedro Páramo y El llano en llamas. Premio Nacional de Literatura de México 1970 y Premio Príncipe de Asturias de España de 1983. 
 
Escribe el propio Juan Rulfo:
“. — J. R. nació en Jalisco, México, el 16 de mayo de 1918. Fue hijo de Juan Nepomuceno Rulfo Navarro y de María Vizcayno Arias. El primero descendía en línea directa del capitán realista Juan Manuel del Rulfo, derrotado por el ejército insurgente en la batalla de Zacoalco, por lo cual fue degradado retirándosele del mando de tropas. Durante la intervención francesa volvió a las armas y participó, con el grado de coronel, en el combate de “La Coronilla” que dio fin a la ocupación de los francesas en Jalisco. Como premio obtuvo la alcaldía de Zapotlán el Grande y la hacienda de San Pedro. Su nieto Juan Nepomuceno sería más tarde el administrador de esa hacienda, donde moriría asesinado en 1920.
“Por la rama materna, los Arias, antepasados de María, la madre de J. R., llegaron a Jalisco a mediados del siglo XIV, obteniendo como encomienda el pueblo de Tuxcacuesco; aunque para 1920, fecha en que la cual enviudó, ya sólo quedaba en su poder la hacienda ganadera de Aculco, lugar pedregoso y árido. Seis años después estalló la revolución “cristera” que devastó hasta 1930 toda la región , dejándola desolada desde entonces.
Juan Rulfo, escritor.

“Así pues, éstos son a grandes rasgos los antecedentes familiares de J. R. Por una parte un oficial de José María Calleja, Genera y Virrey de la Nueva España, por otra la magra herencia de un encomendadero. Ni qué decir tiene que ninguna de estas dos cosas son para enorgullecer a nadie, y menos ahora cuando he llegado a conocer su historia, la cual por lo que a mí respecta ni me va ni me viene, pues nunca supe cuáles fueron sus beneficios y en cambio, al parecer, si cargué con las consecuencias.
“Mientras cundía por todo el estado de Jalisco la rebelión cristera, veía envejecer mi infancia en un orfanatorio de la ciudad de Guadalajara. Allí me enteré también que mi madre había muerto y esto significaba… bueno, significó un aplazamiento tras otro para salir del encierro, ya que estuve obligado a descontar con trabajo el precio de mi propia soledad.
“De algo sirvió aquella experiencia: me volví huraño y aún lo sigo siendo. Aprendí a comer poco o casi a no comer. Aprendí también que lo que no se conoce no se ambiciona y que, al final de cuantas, la única y más grande riqueza que existe sobre la tierra es la tranquilidad.” (Rulfo, 1994, p. 15-16)
Autorretrato.
A su nacimiento en Apulco fue registrado en Sayula, para vivir en San Gabriel. Debido a la muerte de sus padres los familiares se vieron instados a llevarlo a un internado de Guadalajara, Jalisco.
Era asiduo visitante de la biblioteca de un cura en San Gabriel. Por problema de huelga no puede inscribirse en la Universidad de Guadalajara lo que lo lleva a emigrar a la ciudad de México y al no poder revalidad los estudios le fue imposible ingresar a la Universidad Nacional Autónoma de México, aunque asiste como oyente de diversos cursos de historia del arte de la Facultad de Filosofía y Letras. Este acto “de oyente” lo lleva a conocer profundamente bibliografía variada de historia, antropología y geografía de México.
Viajó mucho en las décadas de los 30 y 40, llegando a trabajar ocasionalmente en Guadalajara o la ciudad de México.
Portada de Pedro Páramo.
En 1945 publica algunos cuentos en las revistas América, de México, gracias al apoyo de Efrén Hernández, y Pan de Guadalajara.
A principio de los cuarenta conoce a su futura esposa, Clara Aparicio, con la que mantendrá una fuerte comunicación epistolar (publicada en 2000) y con quien tendría varios hijos.
Abandonando un empleo en una empresa llantera a principio de los cincuenta, obtiene en 1952 una beca por parte del Centro Mexicano de Escritores, misma que es renovada al año siguiente. Este centro había sido fundado por la estadounidense Margaret Shedd, persona fundamental para la futura publicación de El Llano en llamas en 1953. En esta publicación reúne siete cuentos previamente publicados en América, incorporando ocho más aunque modificados constantemente. En 1955 publica Pedro Páramo, misma que había publicado en adelantos en 1954 en las revistas Las letras patrias, Universidad de México y Dintel.
En 1958 termina de escribir El gallo de oro, que se publicaría hasta 1980. En 2010 se publicaría una versión depurada.
Sin embargo, le bastó con el llano y Pedro para ser reconocido mundialmente, ya que su obra se ha traducido a muchos idiomas.
Entre sus admiradores declarados se cuentan Mario Benedetti, José María Arguedas, Carlos Fuentes, Jorge Luis Borges, Gabriel García Márquez, Günter Grass, Susan Sontag, Elias Canetti, Tahar Ben Jelloun, Urs Widmer, Gao Xingjian, Kenzaburo Oe, Enrique Vila-Matas y muchos otros.
Sus lectores crecen y cambian fascinando a las nuevas generaciones en las más diversas lenguas.
Rulfo también había sido fotógrafo y publicó sus primeras obras en la revista América en 1949, llegando a tener varias exposiciones en Guadalajara y Bellas Artes.
Remitimos al lector a la siguiente liga para conocer detalles de las obras póstumas en relación al trabajo de Juan Rulfo en literatura y fotografía. Juan Rulfo. http://juan-rulfo.com/cronologia.htm

Juan Rulfo muere el 7 de enero de 1986. 
Nota de Juan Rulfo en la que se puede apreciar que él mismo escribe que nación en 1918
por lo que celebrar el centenario de su nacimiento es prematuro.
Tomado del libro Los cuadernos de Juan Rulfo de Jiménez de Báez (1994).
 
A continuación reproducimos la entrevista completa realizada por Fernando Benítez a Juan Rulfo en junio de 1980 y reproducida en 100 entrevistas, 100 personajes en 1991.

Bautizado como Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaino, nació en Sayula, Jal. en 1918. Ligado por la amistad con el también escritor Juan José Arreola, migró a la capital del país donde, en 1953, se contrató como empleado de la Secretaría de Gobernación. Fue becario del Centro Mexicano de Escritores, donde pulió los textos que contenían sus dos únicos libros literarios: el de cuentos El llano en llamas (1953), y la novela Pedro Páramo (1955). Con esas obras se le ha considerado como el mejor escritor mexicano del siglo XX. fue aficionado a la fotografía, y durante los últimos 20 años de su vida fue coordinador editorial del Instituto Nacional Indigenista. Aunque colaboró en los principales suplementos culturales del país, amén de sus dos libros dio por concluida -en vida- su obra literaria. Trabajó algunos guiones propios para la cinematografía. Su carácter retraído, huidizo y hosco le permitió vivir alejado del mundillo literario. Recibió importantes reconocimientos: Premio Nacional de Letras (1970), Príncipe de Asturias (1983), Honoris Causa por la UNAM (1985).
 

Soledad insomne


La literatura es ficción, y por lo tanto, mentira. "de 1922 a 1930 sólo conocí la muerte". En espera de la magia nocturna... "soy un tecolote; todo lo hago de noche".
Silencios, hilos colgantes, escenas cortadas; una obra del no-tiempo.
En aquel pueblo la gente es hermética, no habla... cuando te acercas, se callan. Curiosas experiencias en los archivos. 84 pesos mensuales. 


He vivido doce años casi pared por medio de Rulfo. Sus hijos –muy pequeños– jugaban a la pelota sobre el prado de la Avenida Manuel M. Ponce y nosotros recorríamos las desiertas calles vecinas, hasta que el Infonavit y otros excesos urbanos excluyeron juegos y paseos.
Hace algún tiempo Juan se compró un transmisor, me regaló otro y a una hora convenida me hablaba, como si me estuviera hablando desde Comala. Al poco rato se aparecía tomando la apariencia de un señor provinciano, por que eso es hasta la médula de los huesos, un señor aldeano, un poco tímido y triste, de refinada cortesía y vestido esmeradamente.
Permanecía horas fumando, rodeado de una nube de humo que velaba su sonrisa ligeramente irónica y sus ojos tiernos y chispeantes, sin aludir nunca a sus libros ni a sus problemas.
Ningún alarde. Una sencillez absoluta que recuerda la de Chéjov.
Aquejado de insomnios y de apreturas familiares, enfermo con frecuencia, pasa las noches devorando libros y oyendo música. Su ventana que da a Manuel M. Ponce es la única encendida del barrio y cuando el gran pino de la casa del Delegado Apostólico surge con la aureola del amanecer, ésta es la señal para él de que debe dormitar unas horas.
No cree en la publicidad de que gustan rodearse los escritores, detesta los dimes y diretes del mundillo literario y le disgusta que siempre le pregunte por qué no escribe y entonces inventa novelas y dice que está escribiendo para que le deje en paz y el acoso lo disminuya, por que no parece que baste haber escrito una de las mejores novelas y unos de los mejores cuentos de las letras españolas. Los novelistas son escritores de un solo libreo con variantes. Rulfo ha escrito ya lo medular y lo que podría escribir serían modalidades de sus viejos temas. Se han publicado guiones cinematográficos, escritos para ganares la vida en una época difícil y los críticos han dicho que su estilo y su maestría sólo aparecen ocasionalmente.
Rulfo no se siente obligado a dar un libro anual. No comete esa tontería. Si Azuela hubiera escrito sólo Los de abajo o Vasconcelos el Ulises criollo o José Gorostiza Muerte sin fin, su fama sería la misma. No añadieron nada superior. Un poema de los pigmeos o unos sonetos de Son Juana expresan una plenitud, una creación espiritual que resume las excelencias de una cultura y Rulfo ha resumido en pocas páginas el misterio, la poesía y el lenguaje de sus pueblos con la maestría de los clásicos.
Apartado de los centros literarios y del poder, lo mismo puede vender llantas recorriendo México que ocupar pequeños cargos sin hacerse sentir, sin pedirle nada a nadie, sin mover un dedo para acomodarse. Marginado de la literatura activa, del Colegio Nacional, de la Universidad, de las revistas o de las grandes editoriales, carente de los apoyos que le permiten sobrevivir a los escritores, lo ha sostenido su prestigio.
No escribe hace 20 años pero es el único cuyas obras se publican en ediciones de 100 mil ejemplares y merecen cada año más notas y estudios críticos de los que suscitan generaciones de escritores.
Su fama le provoca molestias. Siendo tal vez más conocido en España y en Sudamérica que en México, ha debido hacerse de una técnica para eludir a periodistas y entrevistadores. Estudia los planos de los hoteles y en Lima o en Buenos Aires lo he visto burlar el cerco tomando pasadizos ocultos o elevadores de servicio.
Hoy edita libros, corrige el detestable estilo de los antropólogos, viaja a coloquios y juntas de escritores y a veces se aventura hasta la librería del Ágora donde platica con amigos o escucha discos y grabaciones.
Cuando recorría el país en otros años, le gustaba la fotografía. Sus fotos –que hoy se publican por primera vez [pero no están en la obra consultada]– retienen el misterio de Pedro Páramo o de El llano en llamas; mujeres enlutadas, campesinos, indios, ruinas, cielos borrascosos, campos resecos. Una poesía de la desolación y una humanidad concreta, una belleza real expresa un mundo que está más allá del paisaje y de sus gentes, construido en blanco y negro con gran economía y nobleza. Lo que su ojo veía el escritor lo llevaba a las letras.
Algunos de los mejores momentos de esos 12 años los que he pasado charlando con él después de la media noche y muchas veces me he preguntado si verdaderamente lo conozco. Siempre deja una sensación de tristeza, de lejanía, de que está en otro mundo a pesar de que habla con una naturalidad absoluta, empleando el lenguaje refinado y popular de sus personajes, un lenguaje que él mismo se ha inventado y que no encontré nunca en ningún otro escritor. Yo he vivido siempre entre libros y conozco mi país y su historia, pero estando con él siento que me lleva de la mano y recorro caminos no explorados. Me habla de un cronista del XVI desconocido para mí que aporta un dato precioso, de un prólogo que ilustra la vida de un autor, de una antigua edición facsimilar inencontrable, aclara un enigma o me presta el libro necesario. Otras veces me habla de libreros, o de pueblos, o de cuatreros y gallegos, de cómo bajó el cráter del Popocatépetl, o cuando me quejaba de no encontrar un libro iba a mi biblioteca y me lo ponía frente a los ojos. Para Rulfo no tiene secretos ni el país ni la historia. De ser rico hubiera sido un García Icazbalceta o un Porrúa o un historiador o un campeón de alpinismo o un gran Mecenas erudito, o todo eso junto, pero sólo contaba con su prodigiosa imaginación y fue y lo será siempre un novelista.
Una noche, antes de mudarme de casa, hablamos un poco de al vida, de sus libros, de sus gustos, es decir de los temas que elude tratar públicamente y que en cierto modo comprendían algunas de nuestras conversaciones.
—¿Y tú, Juan, cómo viniste a México?
—Llegué a México debido a la huelga de la Universidad de Guadalajara que entró de 1933 a 1935. En la Preparatoria no me revalidaron los estudios y me iba como oyente a Mascarones. Asistía a los cursos de Antonio Caso, Lombardo [Toledano], Menéndez Samará, González Peña, Julio Jiménez Rueda; pero aprendimos literatura en el café de Mascarones donde se reunían José Luis Martínez, Alí Chumacero, González Durán, gente toda venida de Guadalajara. Comentaban a los Contemporáneos, que eran nuestros gurús. Yo comencé a leer a Korolenko, el Sachka Yegulev de Andréiev que estaba de moda. Hoy me resulta enfadoso. Tiene Andréiev cosas mejores como Océano y sus cuentos. Por supuesto en aquella época leía a Hansum, a Selma Legorlof, a Ibsen.
—¿Y cómo te sostenías en México?
—Trabajaba de archivero en la Secretaría de Gobernación ganando 84 pesos mensuales. Vivía en el Molino del Rey con mi tío el coronel David Pérez Rulfo, miembro del Estado Mayor del general Ávila Camacho. Luego que destinaron a fábrica el Molino, tuve que alquilar un cuarto en una casa de huéspedes. Entré a Gobernación con un jalisciense, el licenciado Barba González, y tú te has de acordar que Cárdenas cambiaba mucho de gabinete. Entraba Silvestre Guerrero y entraban puros michoacanos, entraba Juan de Dios Bojórquez y entraban puros sonorenses, entraba García Téllez y entraban puros guanajuatenses y a todos nos cesaban. Había en Gobernación tres archivos: el demográfico donde estaba Jorge Ferretis, el de registro de extranjeros donde estaba Gamio y el de migración donde yo trabajaba con Efrén Hernández. Descubrimos que a los recién llegados les gustaban los mejores puestos y no los archivos, para no quedarse archivados con sueldos insignificantes y por eso nos salvamos.
—¿Qué hacías en Gobernación?
—Manejaba el archivo de extranjeros. Recibí órdenes de ocultar algunos expedientes y los guardaba en un cajón secreto. Inventé un sistema de clasificación que no era alfabético y del que yo solo tenía las claves. Debían recurrir a mi forzosamente. Bueno, era pura maña porque vivíamos en las transas y hasta que allá arriba no aflojaban la lana, no aparecían los expedientes. Recuerdo que tuve desaparecido al norteamericano dueño de la estación radiodifusora XEX de Reynosa. Esa estación tenía 500 mil kv. de potencia e interfería con todas las estaciones norteamericanas. Los gringos pretendía decomisarla. Debía ser un tipo muy rico. Le sacaron mucho dinero y finalmente lo dejaron hasta sin radioemisora.
Tomada de La Jornada.
 

Hijo del desaliento

—Ya practicabas tu oficio de novelista. Ejercías el podre de hacer aparecer y desaparece a mucha gente.
—¿Qué quieres? Así son las cosas, pero también, en las noches, como no tenía amigos me quedaba en el archivo y escribía una novela. Se titulaba “El hijo del desaliento” y Efrén Hernández me animaba diciendo que era una buena novela. Mandé un capítulo a la revista Romance que hacían los españoles y por supuesto nunca lo publicaron. Dialogaba con la soledad y era tan cursi como su título. Decidí tirar a la basura mis trescientas cuartillas. Ya para entonces nos reuníamos en un café de Dolores, donde nació la revista América. Había treinta gentes. Figuraban, entre otros, Pita Amor, Rosario Castellanos, Margarita Michelena, Jesús R. Guerrero, Carballido y Magaña que allí escribieron sus primeras obras de teatro. En América publiqué dos o tres cuentos. “Talpa, “La cuesta de las comadres”. No recuerdo el otro, tengo muy mala memoria.
Debido al fracaso de mi novela, escribí cuentos tratando de buscar una forma para Pedro Páramo, a quien llevaba en la cabeza desde 1939. La idea me vino del supuesto de un hombre al que, antes de morir, se le presenta la visión de su vida. Yo quise que fuera un hombre ya muerto el que la contara. Originalmente sólo Susana San Juan estaba muerta y desde la tumba repasaba su vida. Allí entre las tumbas se establecieron sus relaciones con los demás personajes, que también habían muerto. El mismo pueblo estaba muerto. Debo decirte que mi primar novela estaba escrita en secuencias, pero advertí que la vida no es una secuencia. Pueden pasar los años sin que nada ocurra y de pronto se desencadena una multitud de hechos. A cualquier hombre no le suceden cosas de manera constante y yo pretendí contar una historia con hechos muy espaciados, rompiendo el tiempo y el espacio. Había leído mucha literatura española y descubrí que el escritor llenaba los espacios desiertos con divagaciones y elucubraciones. Yo antes había hecho lo mismo y pensé que lo que contaba eran los hechos y no las intervenciones del autor, sus ensayos, su forma de pensar, y me reduje a eliminar el ensayo y a limitarme a los hechos, y para eso busqué a personajes muertos que no están dentro del tiempo ni el espacio. Suprimí las ideas con que el autor llenaba los vacíos y evité la adjetivación entonces de moda. Se creía que adornaba el estilo, y sólo destruía la sustancia esencial de la obra, es decir, lo sustantivo. Pedro Páramo era un ejercicio de eliminación. Escribí 250 páginas donde otra vez el autor metía la cuchara. La práctica del cuento me disciplinó, me hizo  ver la necesidad de que el autor desapareciera y dejara a sus personajes hablar libremente, lo que provocó en apariencia, una falta de estructura. Sí hay en Pedro Páramo una estructura, pero es una estructura construida de silencios, de hilos colgantes, de escenas cortadas, pues todo ocurre en un tiempo simultáneo que es un no-tiempo. También perseguía el fin de dejarle al lector la oportunidad de colaborar con el autor y que llenara él mismo esos vacíos. En el mundo de los muertos el autor no podía intervenir.
Se me ocurrió todo eso porque entonces leía demasiado y con frecuencia no tenía el estado de ánimo para disfrutar plenamente mis lecturas, incluso tratándose de escritores que me gustan mucho. Yo quería leer algo diferente, algo que no estaba escrito y no lo encontraba. Desde luego no es porque no existiera una inmensa literatura, sino porque para mí sólo existía esa obra inexistente, y pensé que tal vez la única forma de leer era que yo mismo la escribiera. Tú te pones a leer y no hayas lo que buscas. Entonces tienes que inventar tu propio libro. Desecho, desecho siempre y no encuentro lo que quiero. A veces me agoto inútilmente. No sé si esto que te digo tenga alguna coherencia pero así lo siento.
 -Las historias de fantasmas sólo pueden originarse de un modo enteramente fantasmal. Si tú me dejas un hilo colgante, yo lo tomo y el hilo me conduce al inframundo de los indios. Si todo principio ya contiene su fin, para los aztecas todo fin, es decir, toda muerte, ya contiene la resurrección y la vida. En esta eterna alternativa el indio carga el énfasis en la muerte, la quiebra con la idea obsesiva de la muerte. Ellos rompen el ciclo con la idea de la muerte. Creo que tú has recreado el mundo de los muertos. En Comala, las palabras de los muertos nos desenvuelven su vida, la vida que podrían contar todos los muertos. Me interesa la forma en que inventaste ese lenguaje tan realista, y en qué parte descubriste algo tan semejante al inframundo de los indios.
-El pueblo donde yo descubrí la soledad, porque todos se van de braceros, se llama Tuxcacuesco, pero puede ser Tuxcacuesco o puede ser otro. Mira, antes de escribir Pedro Páramo tenía la idea, la forma, el estilo, pero me faltaba la ubicación y quizá inconscientemente retenía el habla de esos lugares. Mi lenguaje no es un lenguaje exacto, la gente es hermética, no habla. He llegado a mi pueblo y la gente platica en las banquetas, pero si tú te acercas, se callan. Para ellos eres un extraño y hablan de las lluvias, de que ha durado mucho la sequía y no puedes participar en la conversación. Es imposible. Tal vez oí su lenguaje cuando era chico pero después lo olvidé, y tuve que imaginar cómo era por intuición. Di con un realismo que no existe, con un hecho que nunca ocurrió y con gentes que nunca existieron. Algunos maestros norteamericanos de literatura han ido a Jalisco en busca de un paisaje, de unas gentes, de unas caras, porque las gentes de Pedro Páramo no tienen cara y sólo por sus palabras se adivina lo que fueron, y como era de esperarse, esos maestros no encontraron nada. Hablaron con mis parientes y les dijeron que yo era un mentiroso, que no conocían a nadie que tuviera esos nombres y que nada de lo que contaba había pasado en sus pueblos. Es que mis paisanos creen que los libros son historias reales pues no distinguen la ficción de la historia, piensan que la novela es una transposición de hechos, que debe describir la
región y los personajes que allí vivieron. La literatura es ficción y por lo tanto es mentira. Además, uno de mis parientes le robó a Sommers una discípula de las dos que lo acompañaban y el pobre Sommers se volvió loco y se lamentaba diciendo que no podía regresar a los Estados Unidos sin esa muchacha. Les preguntaba a todos y nadie le dio razón de ella porque se tapan unos a otros. Se roban los toros, porque todos son cuatreros, y es tal la mafia del abigeato que nadie denuncia los robos porque lo matan. Ni mi propio hermano me dice el nombre de los ladrones de su ganado.

TODOS LOS MUERTOS

-¿Y por qué esa obsesión de la muerte?
-Tal vez fue cosa de la infancia. Mi abuelo murió cuando yo tenía 4 años, tenía 6 cuando asesinaron a mi padre porque, tú sabes, después de la revolución quedaron muchas gavillas. Mi padre tenía autorización para confirmar del obispo de Papantla, pues en tierras agitadas pueden delegar ese sacramento en los seglares. Recaudaba el dinero de las confirmaciones y lo daba a los curas. Regresaba de una gira cuando fue asaltado y muerto por los
gavilleros. Tenía 33 años. Mi madre murió cuatro años después. Entretanto mataron a dos hermanos de mi padre. Luego casi enseguida murió mi abuelo paterno. Murió de tristeza porque al que más quería era a mi padre, su hijo mayor. Otro tío mío murió ahogado en un naufragio y así de 1922 a 1930 sólo conocí la muerte.
-Háblame un poco de librerías y libreros.
-Se podría escribir una novela con los libreros de viejo. Si hay mafias de cuatreros de vacas en mi tierra, hay también mafias de cuatreros de libros en la ciudad. Por la época en que Arreola, Alatorre, el inca José Durán y yo excursionábamos por las librerías había un tipo dotado de una memoria visual prodigiosa. Le bastaba echar una ojeada a una biblioteca para localizar los ejemplares valiosos, y cuando alguien le pedía uno de esos libros, se lo vendía por adelantado, luego iba a la biblioteca, dejaba varios libros en prenda del que se llevaba y durante varios meses desaparecía. Se llevaba lo mejor y dejaba la basura o simplemente se robaba los libros. Sus sacos, en apariencia normales, tenían grandes bolsas y podía incluso robarse diccionarios. Participaba en las almonedas del Monte de Piedad y pujaba para hacer rabiar a sus colegas y era un bibliógrafo consumado. Nadie logró saber nunca cómo se robaba los libros. Los Porrúa terminaron por correrlo. En realidad todos los libreros de viejo son ladrones y cada uno tiene una historia muy interesante. Los hermanos Porrúa, José y Rafael, me vendieron muchos libros. Debo tener unos 2,000 porque libro que no me gusta o no pienso releer, loregalo. Antes lo regalaba a la secundaria de Tepoztlán y ahora a la secundaria de Tonaya. Me gustan las crónicas antiguas por lo que me enseñan y porque están escritas en un estilo muy sencillo, muy fresco, muy espontáneo. Es el estilo del XVI y del Siglo de Oro. Torquemada por ejemplo es un gran erudito dueño de un estilo maravilloso.
-Tienes razón. Naufragios, de Alvar Nuñez, es un libro más intenso y perfecto que Tifón, de Conrad.
-No se aprecia el arte de los cronistas y de los relatos. La gente cree que se trata de una antigualla sólo aburrida pero forma quizá lo más valioso de nuestra literatura antigua. He leído casi todas las crónicas de los frailes y de los viajeros, los epistolarios, las relaciones de la nueva España. De allí arranca lo que hoy se llama lo real maravilloso.
-¿Y de Jalisco?
-Conozco todo lo de Jalisco. Se reduce a Tello, a Frejes, a Mota y Escobar, para sólo hablar de los antiguos cronistas. 
-Antes no salías de las librerías, pero sales de las discotecas. 
-La música va en compañía de la literatura.
-Te pareces a Fuentes y a Monsiváis. 
-Oigo cuatro o cinco horas diarias de música y al mismo tiempo leo sentado en un sillón. Cuando era joven leía dos novelas diarias, ahora sólo leo una novela o una crónica. Asocio la lectura a la música.
-¿Tienes preferencias?
-Me gusta particularmente la música de la Edad Media, del Renacimiento y del Barroco. Comparto en ese sentido los gustos de Juan José Bremer. Algo del Romanticismo, lo imprescindible. Escucho a Orlando de Lassus, a Perotinus Magnus, a Charpentier, a los Venecianos, me gustan también los cantos gregorianos, las misas, los réquiems y desde luego Vivaldi, Monteverdi, Gabrielli, Gesualdo. Casi tengo tantos discos y casetes como libros. 
-¿Y de ti, qué decir?
-Sí, qué decir. En cuatro meses escribí Pedro Páramo y tuve que quitarle 100 páginas. En una
noche escribía un cuento. Traía un gran vuelo pero me cortaron las alas. Ahora algo madura, algo se forma y necesito un poco de paz y de silencio para reanudar mi trabajo. Espero la magia de otras noches porque yo soy un telocote. Todo lo hago de noche.
Abajo, muy abajo, la ciudad duerme en su cobija de estrellas artificiales. Juan vino de lejos y aquí se ha quedado. Todavía el alto pino de la casa del Nuncio no surge con la aureola de la mañana. Rulfo no ve su reloj y me dice: -Serán las tres. Aquí no se ven las estrellas. 
-Es hora de dormir. 
-Es hora de tratar de dormir. ¿Sabes? A veces amanezco queriendo no despertar.


Con información de:

(1) Benítez, F. (1990). Soledad insomne. Entrevista incluida en 100 entrevistas, 100 personajes. PIPSA Grupo Industrial y Comercial. México. 1991. (pp. 217-218).
(2) Rulfo, J (1994). Retrato y autobiografía. En: Jiménez de Báez (1994). Los cuadernos de Juan Rulfo. Ediciones Era. México.
 
Imágenes tomadas de:
(1)
(2)
 
 
D. R. 2017 Darío Aguirre
D. R. 2023 Darío Aguirre




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