miércoles, 14 de enero de 2026

Rubén "Púas" Olivares

 ¡Qué nos duran!

 
 Dr. Héctor Darío Aguirre Arvizu
26-01-14

     #Semblanza #ElPersonajeDelDía #UnDíaComoHoy 14 de enero de 1947, nace el boxeador mexicano y campeón del mundo de Peso Gallo, Rubén “El Púas” Olivares, considerado el último de los auténticos ídolos que ha tenido el boxeo nacional. Ha incursionado en teatro, televisión y cine, industria en la que filma 12 películas, entre ellas Las glorias del gran púas y Nosotros los feos.

     Aquí reproducimos la entrevista que le hizo Ricardo Garibay al "Púas" Olivares en marzo de 1978.
 
Por Ricardo Garibay / marzo de 1978 
 
     "El Púas", quien nació en 1957, es originario de la ciudad de México. Boxeador durante más de dos décadas, se convirtió en campeón mundial de peso gallo de agosto de 1969 a enero de 1970 y de abril de 1971 a marzo de 1972. Fue campeón mundial de peso pluma de julio a noviembre de 1974. Se retiró del boxeo en marzo de 1988, después de sostener 120 peleas, de las cuales ganó 77 por vía rápida y nueve por decisión. Ha actuado en varias películas y obras de teatro. Incursionó a la política como candidato a diputado en 1982, pero perdió. 
 
     "Nomás llego y dificultades por todas partes". Campeonazo para acá, campeonazo para allá...
     ¡Arriba el Púas, hijos de MaríaMorales! Diálogos entre cantinas de la gran Bondojo. 
     El Cuás Cuás en La Canica. Un día en la vida del campeón gallo. "Y qué vas hacer, o qué o qué...".
 
     Son las cuatro de la mañana. Quedamos Ignacio, Enrique y yo, y dos ancianitos gringos en la barra.
     -Enrique... ¿qué piensa usted del Púas, cómo lo definiría usted?
     Sonríe. Bebe. Se limpia lentamente la palma de la mano izquierda en la playera.
     -Él anda preocupado de si a usted le gustará la yerba o la nieve, o que qué pensará usted... Y... psés el capricho, ya le dije, es su capricho de orita, y es desatento, y es de mal humor, y es borracho, y es drogadicto, y es mujeriego, y es de contentillo, y es abusivo, y es un tirano, y es güevón, y no es parejo, yes dejado, y es mugroso, y es un desmadre... como yo, yo soy eso también, como aquí todos, como usted creo yo, así con eso mismo usted puede definir a muchos ¿no? digo, a no ser lo que usted mejor piense...
     Regresamos de Los Ángeles con poco en el morral para el libro sobre Olivares, que imaginábamos best-seller y productor de fabulosas regalías. Con poco o más bien con casi nada, toda vez que había sido imposible atornillar al Púas a una mesa o vivir con él siquiera todo un día de desmanes habituales.
     -Con lo que tenemos no cubro ni la introducción, Ignacio-dije-; aparte de que el director nos va a tupir, fuimos y volvimos como si no hubiésemos salido de Bucareli.
     -Señor, desde hoy viviré para buscar al zonzo. No haré otra cosa. En cuanto lo tenga lo llevo amarrado al periódico y le aviso a usted.
     -A las diez en punto estará Rubén en el periódico, señor-me dijo por teléfono una semana después.
     En este momento son las ocho de la mañana.
     -No me quite el tiempo -dije.
     -Señor, estará a las diez en la dirección.
      -No me fastidie.
     -Se lo juro señor.
     -No me impresiona Deme garaantías. Me voy a echar al mar de coches, para que me salgan con que "siempre no vino" o desapareció dejando un raro olor a fritangas.
     -Rubén está conmigo.
     -Puede escapársele y no crea que esté con usted. No salgo.
     -Señor, no cuelgue! Le va a hablar Rubén.
     -Que asó Garibay, qué hacemos o qué.
     -Cierto. Cómo te va, Rubén. Pásale la bocina al Galán
     -¡No me vayas a dejar esperando, inch Garibay!
     -¿Ya me cree, señor? -preguntó Nacho.
     -Nos vemos a las diez. Que no se le escape -dije.
     -Lo tengo amarrado de los cojones.
     -Échele doble nudo. Ahora salgo.
     Llegué cuando ya se trataban de tú Rubén y el director, hablaban de peleas inolvidables y se
carcajeaban gruesamente.
     -Mi querido Ricardo-dijo el director-, aquí tiene usted al boxeador Rubén Olivares, no entiendo cuál era la terrible dificultad, mi querido Ricardo.
     -Señor, llevamos tres semanas tratando de atraparlo.
     -No buscaron donde debían, don Ricardo; don Ricardo, simplemente no buscaron donde debían.
     -¿Dónde exactamente?-pregunté.
     -Aquí mismo, don Ricardo. Como reportero deja usted mucho que desear, don Ricardo. Don Ricardo, debió usted buscar aquí mismo.
     -Leñe, haré como que no oigo nada. Bueno, y a qué llegaron, el libro, qué acordaron.
    -Todo está arreglado, mi querido don Ricardo; no le importa a usted qué acordamos, no debe interesarle, Ricardo querido; usted lléveselo ahora y cumpla con su oficio, es decir, ya no lo pierda y escriba, escriba, escriba, don Ricardo ¡ya no me diga más...!
     -Sólo una pregunta...
     -Ni una don Ricardo, no me diga más, no me diga más, no me diga más, ya váyase, don Ricardo; Rubén, qué gusto grande, te dejo en manos más o menos buenas, Rubén; no me diga más, don Ricardo ¡no me diga más, ya no quiero verlos! Había saltado hacia la puerta y nos estaba echando a empellones y manazos, cariñosos y brutales empellones y manazos.
     -Qué viejo tan cotorro-dijo Rubén. Bueno y qué o qué, qué vamos a hacer o qué.
     -Vamos a hablar un poco, à un café-propuse.
     -¡Yaaa! ¿A un café?
     -¡Vamos a la cantina acá a la vuelta! -se apresuró Nacho, atento a conjurar toda dificultad posible.
     -Tengo que pasar este día contigo, Rubén -iba diciéndole camino a la cantina. Y mañana y pasado mañana, siquiera esta semana, a todas horas juntos.
     -¡Ay ojón eso parece otra cosa! Debo decirte que soy casado, ñero-grandes risas.
     -Qué pasó, Rubén dijo Nacho-. Le estás hablando a uno de los más...
     -¡No, no, ya me mandé, no, no, chst, qué pasó, me puse pendejo, charros, charros! -y se dio media docena de cachetadas, y luego, muy serio, dijo: -No Garibay, ni hablar, lo que tú quieras, vamos primero para que veas donde vivo y ps un día con otro ¿no? Ya después que acá que allá tú me vas diciendo, digo, pero primero vamos a echar un chingadacito ¿no?, ya va siendo hora ¡oh sí, oh sí, ya va siendo
hora! cuándo no tú Garibay. 
     A la puerta de la cantina nos esperaba un cuate alto, de pestañas a media asta, mejillas brillosas y labios de pereza infinita, y el dueño de un changarro de llaves al minuto, de apodo El Llavero.
     Cubas, jaiboles, cervezas, tehuacanes, cacahuates, pepas y los de moronga.
     Rubén: ¿Sabes qué, Galán? A lo macho ya lo comprobé que aquí me ahogo...
     Nacho: Ya estás pensando en regresarte a Los
     Ángeles, grandísimo cabrón...
     Rubén: Me cae que sí, Galán.
     Llavero: A Rub le cai que sí, que seoga
     Rubén: Ps dime qué hago aquí, qué me detiene.
     Llavero: Qué lo detiene...
     Nacho: Scómo qué hago, scómo qué te detiene.
     Llavero: Pus cómo qué haces, mi Ruh.
     Garibay: Qué pasa, Rubén. Acabas de llegar.
     Nacho: Pinche cabrón, eres una cosita de la rechingada.
     Rubén: A lo macho, Galán.
     Llavero: Sí, sí
     Nacho: Si a lo macho te lo digo, no creas que es broma.
     Llavero: No creas ques broma, mi Rub.
     Rubén: Tú Garibay mira...
     Nacho: No, espérate.
     Rubén:...pérate, Galán, deja que él diga, que Garibay diga, no lo vayas influenciar, joh sí, no fueras influenciando!, jaaah mira!, ¡acá pendejo!, deja que él diga, digo Garibay por lo que quieres de lo que hago, ya no me cae esta pinche ciudad ni todo el mendigo país, ¿sabes dónde me joden y me roban y me chingan desde que bajo del avión hasta que me largo de nuevo, me cai de madre? ¡Aquí, Garibay, aquí! ¡Mira, que se mueran, este, por Dios, por lo que más quieras! ¿Ora sabes qué, tú Galán? Que no es mía la casa de la Lindavista...
     Llavero: Que no es de él la casa de la Lindavista...
     Rubén: ¿Qué no abriste hoy tu negocio?
     Llavero: Cómo no, mira Rub, ta abierto.
     Rubén: Oye pus no lo dejes, no lo desatiendas, por qué no te vas a atenderlo.
     Llavero: No ps orita dejé allá al muchacho.
     Rubén: ¡Uh que la! Entons no hables mucho, te ves mejor callado.
     El Llavero ríe más que ninguno y se golpea los flancos; se diría que acaban de darle un premio. El cuate alto sonríe y deja ver detrás de los lentísimos labios una doble hilera de raigones cafés; lo mira Rubén; cierra la boca, riñón tumefacto, pestañea. El Llavero pide las otras, con urgencia, igual, igual para mi Rub y para los señores.
     Nacho: Cómo que no es tuya la casa de la Lindavista.
     Llavero: Cómo que no es tuya... El cuate alto le da un codazo al Llavero, codazo seco,
cortito, duro. El Llavero abre la boca buscando aire, pajarea extrañado, comienza a entender.
     Rubén: Chin, de verdad contigo, pinche Llavero. Pus que no es mía la casa de la Lindavista, llegando me sacaron ese pedo, otra faena de mi compadre, que me la vendió y no era suya o que no le pagó el dinero que le di para el dueño, ora tengo que arreglar ese broncón, nomás llego y dificultades por todas partes, nomás vengo a hacer corajes, Galán. Tú dime, Garibay.
     Llavero: Nomás viene a hacer corajes, Garibay. Este, no, perdón.
     Garibay: Qué compadre, Rubén.
     Rubén: Un hijo de... ¡mira por ese buey hasta fui a dar a la cárcel! Y yo ya se lo mandé decir compadre vamos a tener una dificultad un día de éstos, le mandé decir...
     Nacho: El de la pistola, que le prestó Rubén, que le platique, señor.
     Llavero: La pisto... Perdón, mi Rub.
     Rubén: ¡Ah esa es una chingadera que deso sí puedes escribir, Garibay!
     Llavero: ¡Deso sí pued...!
     Mesero: Igual para los señores, corre rapidito, con permiso, Rubencito ¿quieres chicharroncito? Va saliendo apenas, en verde, te va gustar...
     Rubén: No señor, muchas gracias. Deso sí puedes escribir, Garibay, fijate que llega y me dice: ¡ah qué pendejo es mi compadre, deveras!...
     Mesero: Qué bonitos madrazos le acomodaste al chino, Rubencito ¡cayó bonito! muy fain.
     Rubén: Es un boxeador, señor, como yo. Muchas gracias.
     Llavero: Ya vete, estás interrumpiendo.
     Rubén: No pero deveras, qué buey es mi compadre, llega y me dice que préstame una pistola, le digo no qué te voy a prestar, cuál es la bronca, porque s mujer lo estaba...
     Vendedor: Señores, mucha salud. Campeonísimo mucha salud. Unos huevecillos duros, señores. Unos charalitos doraditos. Campeonísimo las mojarritas fritas, robustecen el ponch...
     Rubén: ¡Chen! No señor, muchas gracias. Que lo estaba haciendo pendejo y que ya sabía con quién, y no que préstamela, que entonces qué, que pa cuándo la amistad, bueno le dije, compadre, ¡pero no me vayas a salir! porque total si quería darle en la madre a quién chingao me importa a mí, toma la pistola pinche comp...
     Vendedor: ¡Campeonazo qué nos duran los chales! Unas banderolas, campeón, unos bellos distintivos, unos toques eléctricos, mira campeón estas tarjetitas cachorras!
     Ante la insistencia negativa, el vendedor le pone a Rubén una mano en el hombro y baja la voz: -Me tomo una fresca a tu salud, campeonazo... Hace una calor de la re...
     Rubén: Si me están invitando, mano. No traigo.
     Llavero: Yo lo estoy invitando, ahorita no molestes. Tú puedes continuar, mi Rub.
     Rubén: Ay mano, eres a toda madre, por eso me gusta que estés conmigo.
     El Llavero ríe más que ninguno y se golpea los flancos. Se diría súbitamente en plena temblorina.
     Rubén: No psí, le digo ai está la pistola, tú te enredas, a mí no me embarres y va y se va con no sé quién que yo me enteré por el periódico y se equivocan y le dan al hermano creo que al hermano del que lo estaba haciendo con su mujer ¡y se me deja venir a mí la grande, pero grande que llegó un momento que dije ah chingao se está poniendo de drama este pinche rollo! y todavía me costó ¡puta! ¡que te diga el Galán lo que me costó! ¡pus ése es el compadre que me sale ahora con la mamada de la casa de la Lindavista!
     Entre la explosión de carcajadas (¿por qué carcajadas? y yo ¿de qué me río?) entran dos o tres vendedores más. ¡Arriba el Púas, hijos de María Morales! Chicharroncitos mi ponchador, unas ricas papas con chilambre. Fírmame aquí este en la orillita, para mis chavos, les voy a decir que estuve con Rubén Olivares ¡van a decir que ya llegué pedo de vuelta! Un hermoso libro señores, las poesías completas de Amado Nervo, historias de terror,
ciencia ficción, anecdotario amoroso profusamente ilustrado. Caballeros sus agujetas, su grasa para el calzado, un cepillo de cerda, hojas de afeitar, sus mancuernillas de cuero, caballeros.
     Rubén: A ver ya pide la cuenta. Qué vamos a hacer o qué; pero ya, aquí no se puede. Vamos a La Canica. Nacho: Vamos antes a tu casa ¿no Rubén? Que vea el señor Garibay dónde y cómo, es decir, por partes, diuna vez, porque de La Canica vas a salir hasta el ocho...
     Rubén: Tsóoo qué pasó, si sólo se trata de un refresco. Y volvemos a reír con muchas ganas. Algo es graciosísimo, estoy seguro, si no, los vendedores y el mesero no estarían enseñando tamañas dentaduras.
     -Joven Llavero -digo- ¿por qué nos estamos riendo tanto?

     -No pus es el campeón, es por el campeón, es que está aquí el campeón. El y yo ya vio usted que nos llevamos juuuh desde quéace! ¿Verdá mi Rub?
     -Vente Garibay, ya vámonos -dice Rubén-. Salimos abriendo una densa atmósfera de gritos, hurras, abrazos, chocaderos de manos, palmoteo de espaldas, autógrafos e invitaciones a beber en la barra y las mesas.
     Veníamos en un coche grande, Galaxie 75, Rubén y
yo; los otros vienen en el Mustang de Nacho Castillo.
     -Y tú qué carro tienes, Garibay. ¿Lo dejaste en el periódico?
     -Sí, no tenía caso. Es un volsvaguen.
     -¡Yaaa! Orita vamos aquí cerca a una colonia proletaria, digo disculpa, allí está una muchacha... humilde ¿no? digo persona muy sencilla pero muy pareja, muy buena compañera, una vecindad que compré oseáque de lo poco que he podido juntar porque que dicen que me boto el dinero ps cuál me boto, las chingas que me han puesto, me han saqueado, botar qué, cinco, diez, ponle veinte mil en una noche para pasarla bien, digo para estar muy padre, pero con eso no se acaba la fana, y también compré una casita en la esquina, mira esa de allí, yo vivo aquí a la vuelta, estamos en la gran Bondojo ¡oh sí!
     Bajando nos rodean -lo rodean- muchos niños. Los acaricia, los insulta un poco. Ríen los niños, lo siguen.
    -Ya váyanse, cabrones chavos, vámonos digo. ¿Y usté? ¿qué pasó con el chingadazo que se dió? ¿lo llevaron al doctor? a ver... mírelo pendejo ¡fijese! ¿no le digo? Este es mijo, uno de mis hijos.
     -¿Qué le pasó?-pregunto. 
-Se dio un cabronazo, pero ya está bien. Pásale Garibay. Sale la "señora de la Bondojo": joven,
gruesa, chancluda, silenciosa. La casa es muy pequeña, atestada de muebles grandes, pesados. Monumental tocadiscos, trofeos, Virgen de Guadalupe, espejo con dibujos. Retratos de Rubén campeón mundial. Bandera mexicana.
     -Vamos a La Canica, mija.
     -Tá bueno.
     -Vamos a que conozca a mi jefa y al resto ¿no? Junto a su vivienda está la vecindad. Entrada
minúscula, minúsculo patio y escalera minúscula, abusado con la cabeza y abusado con los pies, Garibay, porque aquí te desnucas por no decir que te desmadras ¡oh sí! Llegamos al segundo piso, especie de azoteilla de dos por dos: hay perras con perritos y hay gallinas y hay macetas y hay trebejos y hay dos niños en sendas bacinicas y hay tendederos y los niños están cantando a grito herido y dice Rubén que estos cabrestos siempre están en las bacinicas porque echan unas lombrizotas que me cai no lo vas a creer hasta de este tamaño. Y en la recámara totalmente llena de muebles la hermana trabaja haciendo banderolas para vender a la salida de la lucha libre, banderolas con la Virgen de Guadalupe nimbada de lentejuelas blancas. Y hacen recuerdos los dos hermanos, de cuando no había qué comer en la vecindad. Chillan los niños de los bacines; los mordió la perra, porque metieron un perrito en la cubeta de los miados. Una cubeta rebosante de curado de jitomate nos darán en La Canica, y la llevaremos a la casa de la Lindavista, para refrescarnos mientras jugamos un errático partido de carambola, en mesa de bandas rotas, tacos desbotonados, sol criminal y sobre la alfombra roja y negruzca de tantas quemaduras de cigarros. La casa de la Lindavista es de clase media alta, tapetes doble ancho, gobelinos, monumental tocadiscos, espejos con dibujos, muebles enormes y azules, alfombras rojas, huellas de cigarros por dondequiera, y no podía faltar la cubeta de pulque dice la señora de la Lindavista, las dos hijitas son castañas, delicadas y el Púas las besa sin mucho estusiasmo y no dice palabrotas delante de ellas, y en la pequeñísima vivienda de la mamá, donde no se puede dar paso entre sillones, sofás, burós, refrigeradores y camas, Rubén habla del Viejo Cojutéc, su padre, que nunca se aparece y al que trompean seguido los chavos méndigos de las colonias donde anda el viejo, y era bueno el viejo para los moquetes, se sabía sonar y luego le pregunto dígame quien le puso en su madre, dígame, yo lo puedo defender, pero no nos dice, se aguanta el viejo cabrón, y jugamos billar y con mucho tiento me preguntó ¿tú no le haces a la canabis, Garibay? digo pero ¿no te molesta? y el de las pestañas empezó a preparar morosamente, amorosamente el cigarro, lamía con su gran lengua de vaca la hojilla de papel ¡no lo mojes, pendejo! y escritor como se debe, y el Chúpiras dijo al señor doctor en sus guevitos de oro, y me atendió como a nadie y bebí del de fresa, del de alfalfa, del de guayaba y la cubeta del de jitomate que llevamos al billar de Olivares, y de esa tarde me agencié una tifoidea feroz y no sabían de dónde, los médicos, hasta que haciendo memoria dije ¿sería el pulque de La Canica? Y hacia las seis de la tarde, todavía con sol, Rubén largó el primer bostezo de caimán, muelas impecables, y el cuate alto susurró "tienes que levantarte", y el púgil dijo:
     -Bueno Garibay, y qué vas hacer o qué o qué, porque yo tengo que ver a una persona allá por aviación...
     -¿A la pista cinco?
     Nadie me contesta. Y estamos hablando de mujeres, no sé quién sacó el tema. Y dice Rubén que nadie le ha dicho nunca la verdad sobre las mujeres. Entonces recuerdo la lección de Agustín Lara. -Te voy a decir lo que me dijo una vez Agustín Lara, con quien anduve pacá y pallá durante ocho meses, porque alguien me pagó para que escribiera yo su vida. Lara tenía un maestro, lo tuvo desde su juventud, era un padrote de oficio, llamado El Garbanzo, uno de los pocos hombres por quienes Lara guardó respeto. Y como Lara no sabía tratar a las muchachas, no había aprendido a quitarles el dinero ni a madrearlas, lo zarandeó un día El Garbanzo y le dijo casi en secreto: "Mira escuincle, métete esto en la cabeza si es que quieres servir de algo, que nunca se te olvide
     -Lara me lo contó llorando-: las mujeres... ¿quieres saber? las mujeres son un pañuelo para sonarse el nabo. Ya está. No hay más". Tú qué piensas Rubén. Cuando deja de reír, el Púas me ve con inesperada
admiración, y dice:
     -¿Y tú lo trataste mucho? Era un genio, Agustín Lara; ¡pero me cai que esa altura..!
 
 
Con información de: 
 
D. R. Darío Aguirre 2026
 
 
 

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