jueves, 25 de marzo de 2021

Jaime Sabines

A quien la muerte peseguía

Dr. Héctor Darío Aguirre Arvizu
21-03-25


     #Semblanza, #Efemérides, #EfeméridesMexicanas, #UnDíaComoHoy 25 de marzo de 1926 nace el poeta chiapaneco Jaime Sabines, uno de los autores hispanoamericanos más populares de la segunda mitad del siglo XX. Entre sus obras destaca Horal, libro que contiene el poema Los amorosos, uno de los más conocidas de la poesía mexicana. Muere el 19 de marzo de 1999.

Jaime Sabines, poeta.

     Aquí reproducimos una entrevista que realizó Cristina Pacheco a Jaime Sabines y fue publicada en un medio no especificado en abril de 1982. La misma es reproducida en 100 entrevistas, 100 personajes, de 1991, editado por PIPSA.

     Nacido en Tuxtla Gutiérrez, Chis., el 25 de marzo de 1926. Cursó tres años de medicina. Es licenciado en lenguas y literatura españolas (1949) e hizo estudios en posgrado en la UNAM. Dedicado a la actividad comercial en Chiapas (1952-59). Diputado federal por Chiapas (1976-79) y por el DF (1988). Autor de Horal (1950), La señal (1951), Adán y Eva (1952), Tarumba (1956), Diario semanario y poemas en prosa (1961), Poemas sueltos (1962), Yuria (1967), Maltiempo (1972), Algo sobre la muerte del mayor Sabines (1973), Otros poemas sueltos (1937-1977), Recuento de poemas (tercera edición en 1987, recopilación de su obra). Su poesía se ha traducido a una docena de lenguas. Ha recibido el Premio Chiapas (1959), el Xavier Villaurrutia (1972) el Elías Sourasky (1982) y el Nacional de Letras (1983).

     NADA IMPORTA

     Cinco minutos antes de la hora fijada para la entrevista aparece Jaime Sabines acompañado por su hijo Julio. Me explica que esa oficina es de su hermano Juan, ausente por ahora de la ciudad. Pasamos a un privado hecho de ventanales. Desde allí se contempla la Plaza de la Cibeles y al fondo la ciudad inmensa que a la distancia toca el cielo.
     Por gentileza, Sabines recuerda nuestras conversaciones anteriores. Le menciono que él es la única persona a quien oí referirse a la alborada.
     –¿Yo dije esa palabra? Qué curioso, porque es una de las palabras que me avergüenzan y que está presente en la poesía tradicional, en la poesía modernista donde siempre se habla de cisnes y cosas cursis. Por eso antes de escribir mi primer libro dije: “asesinemos a las rosas”, una frase que equivalía a torcerle otra vez el cuello al cisne.
     –Y usted mató las rosas haciendo una poesía de lo cotidiano donde la primera persona es también un “tú” cómplice.
     –Esa primera persona soy yo y supongo que también cualquier hombre por el que tomo la palabra.
     –¿Con qué derecho?
     –¿Cómo que con qué derecho? Con todos y con ninguno. La poesía no es más que un testimonio del hombre, de sus días sobre la tierra.
     –Su rechazo a la poesía modernista ¿es una declaración de principios?
     –Es una declaración de independencia, de libertad.
     –Lo  hemos  oído referirse a la muerte del mayor Sabines. Me gustaría que hablara de la vida del mayor Sabines.
     –Sí he hablado de mi padre no ha sido sólo para halagarlo, ya muerto. Me referí a él porque influyó muchísimo en nuestra vida, fue un gran instrumento de la cultura oral que atravesó los siglos antes de la escritura.
     –Mi padre llegó a Chiapas en 1914, como capitán primero de la división de Jesús Castro. Era carrancista. Un año después se casó con doña Luz, mi madre. Ella era de la alta sociedad, nieta del héroe epónimo de Tuxtla: mi bisabuelo, Joaquín Miguel Gutiérrez, jurista, liberal, gobernador del estado. En su honor Tuxtla lleva su apellido. Doña Luz también influyó mucho en nosotros, pero de una manera distinta: heredándonos simplemente el orgullo de ser, de ser hombres.
     –Dice usted que su padre era un gran narrador, ¿qué le contaba?
     –La historia de Antar, que es el Mío Cid del Oriente; también capítulos de Las mil y una noches. Recuerdo que mientras cenábamos o después mi padre nos refería alguna historia. Fascinados por su relato íbamos tras él por el corredor, hacia su recámara, donde dormíamos todos. El viejo era muy hábil: siempre procuraba dejarnos en suspenso, así que todos esperábamos que llegara la noche para oír el desenlace de sus historias.
     –¿Cómo eran sus días allá en Tuxtla Gutiérrez?
     –Simples. Trabajábamos en La Lomita, un rancho donde sembrábamos hortalizas, sacábamos agua del pozo o de un tanquecito que le viejo construyó. Regábamos las plantas de una manera primitiva. Entre todos lo hacíamos todo. Una de las cosas que más admiro de mi padre es que fuer como Adán: trabajó como si hubiera fiel el primer hombre sobre la tierra. Nos levantábamos muy temprano, pero a distintas horas, según la edad: a Juan, el mayor, le correspondía ordeñar a las cuatro y media de la mañana. Luego se levantaba Jorge y al final yo, por ser el más chico.
     –¿Cuánto tiempo permaneció en La Lomita?
     –Cuatro años. Mi padre vendió el rancho, cosa que fue un error, y vinimos a esta horrible ciudad llena de malas influencias y malos criterios.
     –Para ustedes debió ser muy duro dejar aquella tierra, que de alguna manera asoció al rumor del viento y del agua…
     –Oye, ya te estás imaginando cosas y quieres convertirme en el personaje de tu historia. Salimos de la tierra entonces, pero nunca la hemos abandonado. Volvemos todo el tiempo, siempre. Fíjate q, vendimos el ranchito en 1939 y treinta años después mi hermano Juan y yo llegamos al Hotel Bonampak, construido precisamente enfrente de donde estuvo La Lomita. Todo había cambiado, sin embargo decidimos ir a buscar las huellas de nuestra casal brocal del pozo, el cocotero. No encontramos más que huellas muy vagas: el pozo estaba tapado y del cocotero y los árboles no quedaba siquiera la sombra. Todo eso lo he dicho en el poema a la muerte del mayor Sabines.
     –Se escribe, entre otras cosas, para retener, para reconstruir.
     –La escritura es un receso para que la vida no se nos desvanezca, es una forma de sobrevivencia. Pero yo no pienso en la literatura ni en nada más que en vivir. Ahora sólo pienso en estar en este día. ¿Por qué? Porque en el presente se aglomeran el pasado y el porvenir. No quieras verme como un “poeta”. Soy simplemente un hombre que tiene lo que le da la vida: alegrías, esperanzas, dolores, amor. me da lo mismo que le da a todo el mundo. Con esto quiero decirte que no hay diferencia entre el poeta y el hombre común. Lo que sucede es que el poeta está más desnudo, tiene un poco menos piel que el resto de los hombres.
     –¿Nunca ha dudado de que es un poeta?
     –Jamás. Lo soy porque escribo, porque siento la necesidad y el impulso de hacerlo. He escrito siempre, desde muy joven, y ya entonces tenía una feroz autocrítica. “Esto no sirve, esto es una porquería”, y tiraba hojas y hojas y más hojas escritas.
     –Para usted ¿qué es la literatura?
     –Nada, Puede ser un oficio pero también una desocupación. La poesía es otra cosas: es un destino. Es algo que se hace fundamentalmente con aparas, con emociones, con sentimientos.
     –¿Cómo escribe?
     – Siempre en libretas, a mano, generalmente acostado. Sale la primera línea y en seguida vienen las demás.
     –Tiene fama de ser magnífico lector en voz alta de su poesía.
     –Es algo que aprendí a hacer de niño. A los siete u ocho años, cuando iban visitas a la casa, mi madre me llamaba para que les declamara alguna cosa. Recuerdo un poema que decía: Suspira el viento goloso en el seno de la tarde… Luego me aprendí toda la  historia de México en verso. Lo leí en mi libro de cuarto año. Memorizar los nombres de los reyes chichimecas fue una hazaña.
     –No puedo imaginarlo cuando niño.
     –Fui como todos: jugador de trompo, canicas, basquetbol. Mi mayor placer era irme al río Sabinal a nadar. Es un río con buena cantidad de agua, con pozas. Nadaba un rato y luego me iba a descansar bajo los árboles. Por culpa de ese río estuve a punto de reprobar el sexto año de primaria: me iba siempre de pinta. en fin, fui un niño como todos pero además memorioso.
     –En 1950 publicó usted su primer libro, Horal. ¿Cómo lo juzga desde la perspectiva de estos treinta cuatro años transcurridos?
     –Lo veo con cariño, por su ingenuidad y su frescura. Antes de publicar Coral yo había escrito durante cinco o seis años. En ese tiempo produje una gran cantidad de poemas que destruí porque los juzgué malos.
     –Entre su primer y su segundo libro, La señal, transcurrió apenas un año.
     –Es que iba yo como flecha. Tres años no dejé de escribir ni un momento. Mi trauma, mi silencio empieza en 1953: ese año me casé, no podíamos sobrevivir aquí y tuve que regresar a Chiapas. Mi hermano había sido electo diputado y me dejó su negocio: una tiendita que se llama El Modelo.
      –¿Su trauma se debió a que volvía a la vida limitada de la provincia?
     –No, carajo, no: se debía a todo. Yo ya había escrito Horal, La señal, Adán y Eva. Era un poeta y sin embargo cada mañana tenía que levantar cuatro chingadas cortinas de acero y barrer la calle por donde la gente pasaba tirando basura. Era un poeta, pero tenía que ponerme a vender metros de manta o delantales o no sé qué carajos. Soy poeta y entro a formar parte de los ladrones autorizados: los comerciantes. Y eso me hace sentir humillado y ofendido.
     –Esas labores cotidianas, domésticas –quizá a veces humillantes– pueden enseñarnos también muchas cosas válidas para la escritura.
     –No hagamos literatura: barrer la calle es barrer la calle y punto. Ahora reconozco que esos años terribles me enseñaron dos cosas: humildad, a ser cualquier gente, aunque en el fondo supiera que yo era antes que nada un poeta. Después de dos o tres años comencé a ser humilde, a decirme “que chingue a su madre el poeta”.
     –¿Dejó de escribir?
     –No, al contrario. De esa época es mi poema Tarumba, que es canto de la rebeldía, la protesta del hombre contra su ambiente, contra la conducta social, contra todas las cosas. Tarumba lo dice: Yo soy la resistencia. ¿Quién es Tarumba? Mi otro yo. Recuerdo aquella época y me gusta, volvería a vivirla aunque haya sido de mucho dolor y mucha angustia.
     –Tarumba es el reencuentro con su tierra, el Diario semanario es la reconciliación con la ciudad de México.
     –Sí, es del 1960. Por fin vendimos la tienda y en 1959 los viejos y nosotros nos venimos a México, donde mi hermano instaló un negocio de alimento para animales. Inmediatamente comencé a trabajar en ella.
     –Y de la muerte, con la que usted tiene una relación muy especial.
     –Es cierto. En los primeros años pensé con frecuencia en el suicidio, me obsesionaba, quería saber si en un caso dado iba a ser capaz de lastimarme, de quitarme la vida. Al fin un día me abrí la piel con una navaja. Brotó la sangre, la ví correr unos segundos y al fin cubrí la herida. En ese momento, después de esa sangría espiritual, cuando supe que era capaz de atentar contra mi propio cuerpo, pensé: “Que chingue a su madre el suicidio”. El hecho de saber que era capaz de dañarme me reconcilió con la vida. Ya no tenía que probarme nada. Entonces decidí esperar la hora de mi muerte, que es una fecha necesaria. Luego, con el matrimonio, los hijos, el amor de todos los días, ya no pensé en el suicidio.
     –En uno de sus poemas habla al mismo tiempo de “los burdeles y las bibliotecas”.
     –Los burdeles.. De las bibliotecas y los cuartos cerrados me desaparezco, no los conozco. En mi casa no tengo biblioteca.
     –¿Qué espacio ocupan los libros en su ambiente cotidiano?
     –No mucho. en mi buró tengo siempre dos o tres libros diferentes, pero casi nunca son de poesía. Ahora estoy leyendo a Hemingway, mañana no sé qué leeré. El único libro que me ha durado por muchos años es La Biblia, pero no la católica –que es abominable– sino la traducida por Casiodoro Reina y Cipriano de Valera. En ella leo el Eclesiastés, leo a Job y a Ezequiel, a Isaías, que habla del dolor y la impotencia humanas. En La Biblia no busqué sabiduría sino consuelo, solidaridad. Fue mi padre quien me descubrió La Biblia, fue él a quién primero oí decir: “Recuerda que todo es vanidad de vanidades, que polvo somos y en polvo nos convertiremos”. Es cierto: nada importa.
     –Así que no le importa la fama.
     –La fama, como decía Baudelaire, tiene una larga trompeta prostituida, ¿de qué sirve la fama cuando uno ha muerto? De nada.
     –¿Cuándo tuvo su primera visión de la muerte?
     –Hace mucho, en 1945: mi amigo Tony Borges se estrelló en el Iztaccíhuatl con su avioneta. Me llamaron para que identificara su cadáver. Cuando llegué allí me negué a aceptar que ése, o mejor dicho eso, fuera mi amigo: todo era desperdicio, porquería. Sin embargo, eran sus restos. Eso es la muerte: porquería, nada. A esa hora, ¿de qué le  habría servido a mi amigo la fama? De nada. Y allí, en el volcán, la muerte comenzó a aplastarme.
     –¿Comenzó?
     –Sigue haciéndolo, nunca me ha dejado: después de mi padre murió mi madre, luego mi hijo. Hace quince años que la muerte no se da cuenta de que existo. Dejémosla así. Lo demás son puterías.
     –¿Qué hay en su presente?
     –¿Qué puede haber? Gallinas, gallos, gansos, dos chivatas y el viento. Es un cabrón el viento. Lo sé porque lo conozco.


     Imágenes tomadas de:

     Pacheco, C. (1991). Nada importa. Entrevista en En 100 Entrevistas, 100 personajes. coordinado por Vicente Leñero. PIPSA. México.


     Con información de:

     Pacheco, C. (1991). Nada importa. Entrevista en En 100 Entrevistas, 100 personajes. coordinado por Vicente Leñero. PIPSA. México.
 

     
D. R. Darío Aguirre 2021



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