Descalzo bajo las constelaciones
Dr. Héctor Darío Aguirre Arvizu
26-01-07
Nació en México D. F., en 1897, y murió en la misma ciudad el 18 de enero de 1955. Ingeniero Civil, estudió leyes en México y letras en España. Durante sus años estudiantiles se ligó a grupos literarios y dirigió las revistas Gladios (1916) y San-ev-ank (1918). Participó en la rebelión delahuertista y, derrotada ésta, marchó al exilio. A su retorno al país fue uno de los iniciadores del instituto Politécnico Nacional y diputado federal (1933-34). Dedicado a la astronomía, fundó el Observatorio de Tonantzintla (1941), del cuál fue director hasta 1950. Editó la revista The Astronomical Journal (1947) y es autor de Axioma, el pensamiento matemático contemporáneo (1944) y de la novela Los pies descalzos (1950).
Aquí reproducimos la entrevista que le realizó Víctor Alba en 1951, contenida en 100 entrevistas, 100 personajes,
Por Víctor Alba / agosto 1951
Las estrellas como premio infantil.
De Harvard a Tonanzintla, toda la vida.
Político, astrónomo, novelista...
Sordera sin coqueterías.
Malos sueldos tienen a la ciencia en estado deplorable.
Necesario, un "desviejadero" en los laboratorios nacionales.
Las puertas, necesariamente abiertas.
Especialista en generalidades.
Los balazos en la Cámara.
De Harvard a Tonanzintla, toda la vida.
Político, astrónomo, novelista...
Sordera sin coqueterías.
Malos sueldos tienen a la ciencia en estado deplorable.
Necesario, un "desviejadero" en los laboratorios nacionales.
Las puertas, necesariamente abiertas.
Especialista en generalidades.
Los balazos en la Cámara.
Mi madre, que era catalana, llegó a México, junto con su marido, vasco, con la idea de que aquí las víboras andaban por las calles y los tigres rondaban por las plazas. Traía la superstición europea de que el sereno, la luz de la luna, es mala para los niños. Por eso, al ponerse el sol, mis hermanos y yo nos quedábamos recluidos en casa.
-La noche, para mí, era juguete, luz de quinqué y consejas a la vera del fuego. Pero un día, a los siete años de edad, obtuve muy buenas notas en la escuela. Vivíamos entonces en Morelia, en un barrio tan apartado de la ciudad que no había electricidad y el quinqué reinaba sobre las tinieblas de la casa. Mi madre, quizás porque no disponía de dinero para comprarme un premio por mis buenas notas, tuvo una idea genial, una idea de poeta.
"-Para recompensarse de tu aplicación -me dijo- te voy a enseñar las estrellas."
-Yo nunca las había visto. Era en invierno y el cielo de Morelia, sin ni una nube. Aquella noche, cuando mi madre, en vez de acostarme, después de poner en la cama a mis hermanas, me llevó al patio, bajo el terrible sereno, levanté la cabeza para ver las estrellas, yo estaba enamoradísimo.
-Para mí, desde entonces, el firmamento, las estrellas, la luna, han quedado unidas a la idea de lo bello, de lo bueno, de lo que constituye un premio por los esfuerzos realizados. No sé si éste es el origen de mi afición a la astronomía. Sé que desde entonces, las estrellas me han interesado siempre. Cuando vinimos a México, me iba al jardín de San Sebastián, donde había un telescopio, y luego ingresé en la Academia de Astronomía que dirigía el señor León. Después, Harvard, la universidad norteamericana, luego un pequeño observatorio privado en Tlacoquemeca, y finalmente, Tonanzintla. Ahí está toda mi vida.
Después de contarnos esta leyenda -no porque sea falsa sino porque parece un cuento de los de Andersen- Luis Enrique Erro ya no sabe qué decir. El lápiz de Chelo Medal se queda inmóvil, suspendido en el aire, en espera de más frases. El reportero se arrepiente de haber accedido a lo que le pidieron las hermanas de Erro: que en vez de hacerlas hablar a ellas, interrogara al propio Erro. "Daría un año de inmovilidad en su cuarto por dos días de actividad normal" le dijeron. “Una entrevista le distraerá".
El asedio de preguntas saca a Erro de su mutismo. Hablar le fatiga, porque desde hace un año, no ha salido de su casa más que para ir a Cardiología. Una angina de pecho lo tiene inmovilizado.
-Fue al encontrarme sin nada qué hacer que empecé a escribir. No sé por qué surgió justamente una novela, pero ahí está... Ya la tiene el editor y saldrá dentro de unos días. (Un grueso volumen, toscamente encuadernado, contiene el manuscrito, de letra pequeñita, regular, pero de líneas ondulantes y huidizas).
-Me hice ilusión de que iba a ganarme la vida escribiendo. Es que todavía no había tenido tratos con los editores. Luego, estando aquí, sitiado por la angina de pecho, he escrito otras cosas. Pero ya sin la esperanza de que me sirvan, siquiera, para comprar los muebles que faltan para adecentar esta casa.
-No tengo empacho en decir que estoy viviendo, desde hace una año, de la generosidad del Presidente de la República. En Tonanzintla, durante los diez años que viví allí, ganaba, como director del observatorio, 830 pesos mensuales. No es fácil que con esta suma fabulosa pudiera ahorrar.
-Este es uno de los motivos de que la ciencia, en México, esté en un estado tan deplorable. Los sueldos misérrimos son un bastón entre las ruedas de la ciencia. Un muchacho de veinte años, por ejemplo, que estudia astronomía, que promete, que investiga, se casa. Tiene hijos. Por mucha que sea su vocación, debe cumplir con sus deberes de jefe de familia. Entonces busca chambas, es profesor en dos o tres sitios, da clases particulares... se dispersa, en fin. La especialización que exige la ciencia actual, exige también sueldos decorosos.
-La falta de esos sueldos, mata las ciencias. Hace unas semanas, según leí en HOY, alguien les dijo a ustedes que estaba trabajando en secreto. El único secreto que hay es que no están trabajando de veras, porque es imposible trabajar cuando este trabajo científico no da lo bastante para vivir. Entonces, se intenta mantener el nombre, el prestigio, pero ya sin una labor real, porque ésta no puede hacerse cuando en la casa falta el dinero para ir viviendo...
-En Tonanzintla hay observadores que tienen asignados 250 pesos quincenales. Los cuales llegan cada seis meses y al cobrarlos, ya deben más de lo que perciben. Qué serenidad, qué entusiasmo puede tener un hombre que vive en esas condiciones y que ve que, a lo más que puede llegar, es a ser director del Observatorio... con 830 pesos al mes.
-Resulta absurdo que, ante este panorama, la Universidad pague varios miles de pesos a científicos extranjeros para que vengan a dar unas conferencias. Estas son necesarias... pero antes es necesario hacer que los científicos mexicanos que deben escuchar estas conferencias puedan hacerlo sin que les dé vueltas la cabeza, por la debilidad.
-Y no se me diga que una gran parte del trabajo científico que se realiza en México no es de utilidad inmediata para el país, que no ayuda a fomentar su riqueza. Cuando la expropiación petrolera, recuerdo que, hallándome unos días en el extranjero, la gente preguntaba: "¿Qué hará México con el petróleo?" Y lo mismo preguntamos hoy: "¿Qué hará Irán con el petróleo?" Pero, ¿quién haría la misma pregunta respecto a Bélgica o Suecia, por ejemplo? ¿O si México y el Irán tuvieran igual nivel cultural y científico que Bélgica y Suecia?
-Claro que es lamentable que, con cobrar poco, un hombre de ciencia gane dos, tres, cinco veces más que un maestro. Pero uno y otro son indispensables y uno y otro tienen derecho a una vida decorosa.
-No basta, empero, con pagar bien. Si queremos que cambie el panorama de la ciencia, en México, es necesario proceder enérgicamente a un… "desviejero". Hay que retirar honorablemente a los científicos viejos, a los fundadores, a los prestigios. Los jóvenes pueden muy bien andar sin nosotros. Tonanzintla es una prueba de ello. No se trata de fijar una edad para presionar al hombre de ciencia -aunque la pensión es indispensable, claro está-. Hay otro criterio para la ciencia. Un hombre es viejo cuando, de una actitud directamente activa, como científico, pasa a una actitud defensiva como burócrata. Entonces, para mantener el cargo y el prestigio, se dedica a degollar a todos los valores nuevos, a la gente joven que cree que puede hacerle sombra.
-Como me puse enfermo a poco de abandonar Tonanzintla, la gente puede creer que dejé mi cargo de director porque me sentía débil, achacoso. Nada de eso. Me marché porque consideré que todo lo necesario con los diez años de vivir allá… debía dejar sitio a los jóvenes, que ya había dado Hay que saber retirarse a tiempo. Y una prueba de que elegí el buen momento es que Tonanzintla, que se encuentra en manos de gente joven, todo marcha bien. Es deber del hombre de ciencia evitar que las instituciones que crea envejezcan al mismo tiempo que su fundador. No debe haber colar, en el mundo de la ciencia. La puerta tiene que estar abierta para cuantos lo merezcan, sin necesidad de que esperen.
Erro tiene aún sobre las rodillas el grueso manuscrito de su novela. ¿Cómo podría resistir el reportero a la tentación de pedirle que le hable de ella? Un astrónomo que se poner a escribir novelas es un tema eminentemente periodístico.
-Ya le dije que la escribí con la esperanza de ganar dinero y con la seguridad de ocuparme en algo útil. Es una novela de conflictos personales, claro está, como todas las novelas. De la época de la Revolución. Pero no es una novela política. No hay novelas políticas. Uno se pone a escribir y la política, en todo caso, surge de la acción misma, de las reacciones de los personajes y de la influencia del medio sobre ellos. La labor del novelista, precisamente, estriba en articular bien los problemas humanos y en hacer sentir esa influencia del medio.
-La novela está, justamente, en la incertidumbre que se provoca en el lector -y a menudo en el autor también- acerca de lo bueno y lo malo que hay en cada personaje. ¿Recuerda usted a Torquemada, el prestamista usurero de Pérez Galdós? En una serie de novelas, aparece Torquemada como una figura aborrecible, repugnante, de explotador. Pero luego, Galdós nos traza otro retrato de Torquemada, en otras no- velas que le dedica especialmente. Allí vemos al hombre todo entero, y uno se emociona con las desdichas y las ilusiones de ese usurero. Pues eso, y nada más que eso, es la novela.
-Aparte de artículos científicos en el Boletín del Observatorio de Harvard y de una época en que hice de periodista -lo dejé, porque nada me compensaba el esfuerzo de deber escribir editoriales, que era mi especialidad- sólo escribí un libro: "Axioma", publicado por aquella revista que es una lástima que haya desaparecido. "El Hijo Pródigo".
-La novela me ha dado una sorpresa. Para dos páginas del Boletín de Harvard, tenía yo que trabajar diez horas diarias durante siete meses. Las dos páginas eran el resumen de esta labor. En cambio, con la novela, en dos meses terminé lo que me proponía decir. Claro que, a fin de cuentas, es el resultado de 54 años de vida… mejor dicho, acaso de 27 años.
-Porque hace veintisiete años que dispongo de mucho tiempo, no sólo para trabajar, sino para meditar.
Erro da unos golpecitos con la mano en su minúsculo micrófono.
-Antes, no era tan fácil ser sordo. Yo me di cuenta que mi sordera -que es hereditaria- a los 27 años de edad, cuando me hallaba en La Habana. Un día, en México, dos policías me detuvieron en la calle, me llevaron a la jefatura, donde me inscribieron como Enríquez Soler, y a los treinta días de estar en unos separos, en Veracruz, me embarcaron para Cuba. Era en 1925. No tenía que ver que yo hubiera nacido en México y fuera mexicano. Como mis padres habían sido españoles, bastó esto para que me aplicaran el artículo 33. ¿Por qué lo hicieron? Lo ignoro y nunca quise saber quién movió influencias con el fin de que se me considerara extranjero pernicioso. ¿Venganza? Probablemente, pero no sé por qué motivo.
POBREZA INMIGRANTE
-Claro está que regresé a México. Y sólo entonces comencé a meterme en política. En los tres primeros años de la presidencia del general Lázaro Cárdenas, fui diputado. Y con gusto, pues así pude refrendar la política cardenista, con la que me sentía identificado, y apoyar la acción en favor de la República Española. Soy hijo de emigrados españoles pobres, que siguieron siendo pobres, y me sentía ligado con los pobres de España y con sus problemas.
-Pero la sordera me echó de la política. No era posible continuar con aquel enorme aparato, parecía una batería de carro, con el cuál se oía muy mal. Todavía, entonces no se conocían esos micrófonos que hoy hacen soportable la sordera. Cuando hubo aquella famosa balacera en la Cámara, yo perdí el auricular, y no me enteré de nada. Vi que la gente corría, que algunos diputados caían. Pero oía los tiros tan lejos que pensé que disparaban desde fuera de la Cámara. Posiblemente por eso fui el único que no se movió.-Para mí, no hay trato, apenas, con las personas, ni fiestas, ni reuniones sociales. No hay teatro, ni conciertos, ni ópera. Tengo, pues, mucho más tiempo libre que la mayoría de los hombres. Además, los errores de un sordo son bufos y a un tiempo libre que la mayoría de los hombres. sordo, cualquiera le da "una mala" que nadie se atrevería a dársela a un ciego o un cojo. Hablando en público, y no soy mal orador, estaba siempre a la merced de cualquier guasa y lo mismo en la clase de la Universidad...
-Sin embargo, he procurado no especializarme demasiado. De hecho, soy, especialista en generalidades. Aparte de la política, he tenido la astronomía. Y ahora el escribir. Estudié derecho, las matemáticas me han interesado y me apasiona la lógica. No sabría privarme de nada de eso... si ya son los únicos vicios que los médicos me permiten: leer y escribir. No me permiten fumar ni beber. Lo único que me queda es cultivar mi afición a las novelas de detectives, y entretenerme haciéndolas interminables operaciones de mis cálculos. Eso sí que lo echo de menos: la máquina de calcular de que disponía en Tonanzintla, lo mismo que un perro que allá nos ladraba cariñosamente: Nuri.
-Lo bauticé así, a ese gran danés, pensando en una novia catalana, que tuve durante la época en que fui pensionado a España. Se llamaba Nuria, que en Cataluña convierten en Nuri. Un día llegaron unos refugiados a Puebla. MI esposa los atendió, pues yo estaba ausente. Cuándo me presenté, mi mujer anunció: “Este señor es el padre de Nuri…” Pasé un rato de angustia, por miedo a que viniera el perro y alguien lo llamara por su nombre. Algo que yo hice ingenuamente, con cariño, podía ser interpretado con enojo por el que habría podido ser mi suegro.
Erro, con el cabello cortado casi al rape, envuelto en un batín, se ensimisma en sus recuerdos. Mejor dejarlo sumido en esa astronomía sentimental que devolverlo, con una pregunta a la soridez del mundo oficial de la ciencia.
Con información de:
(1) Alba, V. (1951). Descalzo bajo constelaciones. Entrevista incluida en 100 entrevistas, 100
personajes. PIPSA Grupo Industrial y Comercial. México. 1991. (pp. 68-69).
D. R. 2026 Darío Aguirre

No hay comentarios:
Publicar un comentario