miércoles, 7 de enero de 2026

Mariano Azuela

Honradez, soledad absoluta

Dr. Héctor Darío Aguirre Arvizu
26-01-01 

    
#Semblanza #ElPersonajeDelDía #UnDíaComoHoy 1 de enero de 1873 nace en Lagos de Moreno, Jalisco, Mariano Azuela, quien habrá de distinguirse como escritor, médico y novelista. Se le considerará el primer novelista de la Revolución Mexicana. Entre sus obras destacarán: Los FracasadosMala YerbaLos de Abajo, entre otras. Para 1949 será acreedor al Premio Nacional de Literatura. Fue miembro de El Colegio Nacional.  Ha de morir en la ciudad de México el 1º de marzo de 1952. Sus restos descansan en la Rotonda de las Personas Ilustres.

 
      Mariano Azuela

     Nació en Lagos de Moreno. Jalisco, en 1837. Se tituló en Guadalajara como médico cirujano. en 1899, y poco después instaló una botica en su ciudad natal. Aficionado desde muchacho a la literatura, publicó la serie "Impresiones de un estudiante que posteriormente compondría su novela Maria Luisa. En 1914 se incorporó a las fuerzas villistas. donde sirvió como médico de campaña. Sus experiencias militares le servirían para publicar, en 1915, su novela Los de abajo, pieza clave de la novelística de la revolución mexicana. Después de vivir un año exiliado en El Paso, Texas, se domicilio en la Ciudad de México en 1916 donde ejerció su profesión. Miembro fundador de El Colegio Nacional en 1943, en 1942 recibió el Premio de Literatura y en 1949 el Premio Nacional de Artes y Ciencias. Publicó, entre muchas otras, las siguientes novelas Mala Yerba (1909), Andrés Pérez, maderista (1911), Domitilo quiere ser diputado (1918), La Malhora (1923), La Luciénaga (1932), El camarada Pantoja (1939), Nueva burguesía (1941). Murió en la ciudad de México en 1952.
     
     Aquí reproducimos una entrevista que fue realizada a Mariano Azuela por Cipriano Campos  en julio de 1937, reproducida en el libro 100 entrevistas, 100 personajes editada por PIPSA.


     Allá por 1924, la novela Los de abajo suscitó una apasionante polémica entre varios literatos de la época Elogios y ataques a un tiempo. Pero ello mismo sirvió para que el nombre de Azuela fuese conocido por la totalidad del público. Esta "refriega literaria", según datos proporcionados por el escritor norteamericano John E. Englekirk, fue provocada por Francisco Monterde García Icazbalceta, quien asegura haber sido el único descubridor de Los de abajo. Tal cosa, en sí, tal vez no tiene una importancia primordial si hemos de atender a lo que el propio novelista nos ha dicho en la entrevista que tuvo a bien conceder a nuestro semanario Hoy.
     Azuela nos ha recibido con manifiesta cordialidad. Quizás porque somos viejos conocidos.
     -Sí, sí, en efecto. Monterde fue quien escribió las primeras notas periodísticas sobre Los de abajo. Lo malo es que a la crítica literaria en México no se le da la importancia que merece. Quizá hay problemas más profundos que absorben la atención de los lectores. Creo, sí, que cuando verdaderamente se me comenzó a tomar en cuenta, fue cuando el periodista Gregorio Ortega tuvo a bien llevarse a Europa algunos ejemplares de mi libro. El éxito fue inmediato: desde entonces las traducciones al inglés, francés, alemán, japonés, servio, ruso, yiddish, se han sucedido unas tras otras... El resto, ustedes ya lo saben.
     Confieso que en el fondo me interesaba esta aclaración, debido a que, desde hace tiempo, tanto Ortega como Francisco Monterde se disputan el honor del descubrimiento de Los de abajo... Sin embargo, el objeto principal de mi entrevista era otro. Azuela, ya lo sabemos, es el hombre más extraño y singular del mundo. Es decir, extraño para aquellos a quienes su miserable contextura espiritual no les permite ver más allá de su ambición: el ruido, la sed desmesurada de verse asediados por literatos, políticos, gentes del gran mundo... Azuela, casi por sistema, se niega a conceder entrevistas.
     Lo primero que me espetó fue lo siguiente:
     -También usted ya va a ponerme en plan de disco rayado. "Tal pregunta, tal respuesta".
     ¿Hasta qué punto -me he preguntado yo-, será una actitud sincera la suya? ¿No será ello, en el fondo, sino un movimiento defensivo para no dejarnos entrever su auténtico y verdadero modo de sentir? ¡La fama, el elogio!... ¡Ah!, estas cosas son demasiado tentadoras para que se les rehuya. Los más grandes espíritus, en un momento dado, han acabado por ceder. Pero en Azuela, a no dudarlo, ha habido circunstancias especiales. Desde luego, el hecho de que no se le haya tomado en cuenta sino hasta el final de su vida, cuando menos lo necesitaba; sin haber contado, durante su juventud, con más estímulos que unas cuantas cartas laudatorias de nuestros ególatras vanidosos literatos, debió dejarle un hondo complejo de amargura. Indudablemente que él fue el primero en darse cuenta del verdadero valor de su obra. Y la soledad, el aislamiento, la incomprensión de sus compatriotas acabaron por decepcionarlo. Ahora el ruidoso triunfo que Los de abajo y Mala yerba han obtenido fuera de las fronteras de México, seguramente lo hará sonreír con tristeza.
     Me pongo a observar atentamente a Azuela. Desconcierta en él su pacífico aspecto de campirano de “el interior". Una cabeza recia, un mísero mechón de cabellos rebeldes y grises en los que, seguramente, pocas veces entra el peine. Labios gruesos, abultados, cuyas comisuras, caídas en gesto de cansancio, contrastan con la energía que aún revelan sus ojos. Cuan pronto opina con aguda certeza sobre las más recientes producciones literarias de Europa y de América, como de súbito deja escapar un exabrupto:
     -Es lastimoso lo que estamos viendo en México. Las inteligencias mejor preparadas, las más estudiosas, las que debían servir de verdadera guía y orientación al pueblo, son las primeras en corromperse. Lo malo es que esa pobre gente se siente tan contenta de sí misma, como si el mundo entero estuviese pendiente de su actitud. El intelectual, en México, lejos de sacrificarse por mejorar nuestro espantoso estado de cosas, se contenta con admirarse a sí mismo. Y cuando se digna levantar los ojos, es para implorar, con gesto suplicante, el puesto que habrá de proporcionarle el medio de vivir... ¡La única manera de que el Mundo no se vea privado seguramente de una obra genial!
     Me he apresurado a apuntar lo dicho por Azuela, porque en estos momentos habla con una pasión que le desconocíamos. Los ojos, de súbito, le brillan intensamente, con una vida extraña. Y a continuación viene a mi memoria el cuadro poco consolador de un grupo de jovencitos imberbes, adolescentes, que vi hace tiempo reunido en un café de chinos. Sin duda un cenáculo literario. Dos discutían sobre versos que ellos mismos habían escrito y no pudieron entender. Lo malo del caso, sin embargo, fue que hablaron de "la nueva sensibilidad en la poesía", de su decidida filiación marxista; y, como remate, del imprescindible puesto público. ¡Y gentes así se consideran directoras espirituales de nuestro trabajador!
     -Y lo peor -prosigue Azuela- es que nuestros literatos son, por lo menos en el sentido del instinto de conservación, tan hábiles, tan decididamente hábiles, que logran atraerse a espíritus verdaderamente sinceros... Allí está el caso de un gran escritor norteamericano que nos visitó hace poco.
     Azuela, de súbito, hace un largo silencio. Un familiar nos avisa que el fotógrafo de Hoy ha llegado y está listo para entrar en funciones. Después, ya solos, cambiamos una que otra impresión a propósito de los valores más destacados del continente.
     -¿No le parece, doctor, que Rómulo Gallegos, el magnífico novelista sudamericano, desde que culminó en Doña Bárbara no ha podido sostenerse en el mismo plan? Cantaclaro y otros libros son de menor calidad. El estilo comienza a preocuparle demasiado. Y ya no se le encuentra el mismo aliento de antes.
     -En Sudamérica -prorrumpe el doctor- ya hay un buen número de escritores jóvenes muy interesantes. Allá se está logrando lo que no se puede hacer en México. La Guaricha de Julián Padrón, Mercedes Urizar de un autor chileno que ahora no recuerdo, son libros de positivo interés. De autores mexicanos, me llamó poderosamente la atención el Ulises Criollo de José Vasconcelos. Un libro magnífico, lleno de humanidad, hecho con una dosis de sinceridad desusada. Su continuación, La Tormenta, me parece escrita con alguna precipitación. Pero Vasconcelos siempre me ha encantado a pesar de sus desigualdades.
     Hemos hablado más de lo suficiente. Al retirarme he vuelto a pensar en la vida huraña y retraída del hombre que, sin duda, ha sido el precursor de la novela en Hispanoamérica. En realidad, nuestro Gogol. El secreto de éxito de la obra de este escritor, ha sido uno: su absoluta honradez. Pero la honradez consciente. Porque de vez en cuando suele suceder que aun la sinceridad misma juega a los hombres malas pasadas que casi nunca se sospechan. Y aun estoy dispuesto a decir que la Vida, en su sentido rectilíneo, no puede ser la meta forzosa del artista. Baudelaire, Verlaine, y en América Porfirio Barba Jacob, son casos bien elocuentes. Ellos, a su modo, también han sido honrados.
     En lo que respecta a Azuela, jamás podremos decir que hubo disparidad entre sus actos y su obra. Queden, pues, tanto su obra, como su vida, como una enseñanza y un ejemplo.


     Con información de: 

     (1) Campos, C. (1937). Honradez, soledad absoluta. Entrevista incluida en 100 entrevistas, 100 personajes. PIPSA Grupo Industrial y Comercial. México. 1991. (pp. 28-29).

 

 

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