Se miraba al espejo de sus escritos
Dr. Héctor Darío Aguirre Arvizu
18-07-30
#Semblanza, #Efemérides, #EfeméridesMexicanas,
#UnDíaComoHoy 30 de julio de 1904 nace Salvador Novo, poeta, escritor, director teatral y
periodista, uno de Los Contemporáneos.
Nació en la Ciudad de México.
Salvador Novo realizó sus primeros estudios
en Chihuahua y Torreón, para regresar a la capital licenciándose en derecho por
la Universidad Nacional de México.
Posteriormente, hizo estudios de maestro en
lengua italiana en la Facultad de Filosofía y Letras.
Obtuvo una plaza de ayudante y, más tarde, de
profesor en el Departamento de Idiomas Extranjeros de la Universidad Central,
ello gracias su dominio del francés y el inglés, esta última en la que llegó a
escribir algunas de sus obras.
Fue nombrado jefe del departamento
editorial de la Secretaría de Educación Pública en 1925, y aparece entonces su
primer volumen de versos, XX Poemas,
en el que:
“...apuntan ya las pulsiones
líricas y la inspiración vanguardista que darán origen, en el año 1928, a la
revista Contemporáneos y a la famosa generación poética del mismo nombre, de la
que formarían parte autores como Jaime Torres Bodet, Xavier Villaurrutia,
Gilberto Owen, Carlos Pellicer y Bernardo Ortiz de Montellano, entre otros.”
En 1928 escribió su obra didáctica La educación literaria de los adolescentes.
Publicó en 1933 su poemario Nuevo amor, que fue traducido a varios
idiomas. También en ese año se editó otro libro de versos: Espejo.
En 1934 aparecieron sus versos Seamen Rhymes, cuya versión en español
se llama Rimas del lobo de mar.
Nueva grandeza
mexicana vio la
luz en 1946, misma que lo hizo ser considerado “cronista de la Ciudad de
México”.
Dramatúrgico. (2) |
Debido a su actividad de crítico dramático y
habiendo escrito La señorita Remington (1924),
fue nombrado jefe del Departamento de Teatro del Instituto Nacional de Bellas
Artes.
En 1953 abrió el Teatro de la Capilla y
dirigió, más tarde, la Escuela de Arte Dramático.
“De su producción dramática
merecen mencionarse una adaptación de la máxima creación de Miguel de
Cervantes, Don Quijote de la Mancha, titulada Don Quijote: farsa en tres actos
y dos entremeses (1947), y una nueva versión de la tragedia de Sófocles Edipo
rey, que Novo contempla desde el punto de vista femenino en su Yocasta o casi
(1961). También La culta dama (1951) figura entre sus piezas más elogiadas. Al
universo teatral, pero esta vez en su faceta de teórico y maestro, pertenece el
texto Actuación y dirección teatral, publicado en 1959.
“En 1967, Salvador Novo recibió el Premio
Nacional de Literatura, que venía a coronar su importantísima obra de creación
literaria y su contribución teórica a los más varios aspectos de las letras
mexicanas. Uno de sus últimos títulos, Historia y leyenda de Coyoacán (1971),
es una valiosa muestra de su interés por la crónica y un complemento para su Breve
historia de Coyoacán, que había publicado previamente, en 1962. Su versátil
actividad le llevó a escribir numerosos guiones para el cine. “
La falleció en Ciudad de México el 13 de
enero de 1974.
Poeta, escritor, director teatral y
periodista. Nació en 1904 y murió en 1974 en México D. F. Fue uno de los más
destacados exponentes del grupo de Los Contemporáneos. Se inició en las letras
a los diez años de edad y luego de más de seis décadas de trabajo legó al país
una abundante obra. Es autor de: XX
poemas; Nuevo amor; Espejo; Seamen Rhymes; Romance de
Angelillo y Adela; Poemas proletarios;
Never ever; Un poema; Poesías escogidas;
Dueño mío; Cuatro sonetos; El joven;
Return ticket; La educación literaria de los adolescentes; Canto a Teresa; Continente vacío; En defensa de lo usado
y otros ensayos; Nueva grandeza mexicana; La
vida en México en el periodo de Lázaro Cárdenas; La vida en México en el periodo de Manuel Ávila Camacho; La señorita Remington; Yocasta o casi; Ha vuelto Ulises; Cuauhtémoc;
La Guerra de los sordos y Sofá. Ejerció el periodismo
electrónico, grabó un disco de la serie Voz viva de México con sus poemas y
recibió el Premio Nacional de Literatura 1967.
En pose. (3) |
Entrevista a Salvador Novo aparecida en el
libro 100 Entrevistas, 100 personajes, realizada por Beatriz Reyes Navares, originalmente publicada en 1964.
LA DESNUDEZ DEL LENGUAJE
Véngase el domingo a casa –me dice Novo desde
el otro lado de la línea telefónica–. Así me verá dentro de mi cascarón. Y
efectivamente, el domingo marché a ver a Novo, allá por Coyoacán, por una de
las calles más hermosas de México. Fachadas del XVI, altas bardas de piedra
gris casi negra, muros escalonados.
Tras de una de aquellas bardas está la casa
–el cascarón– de Novo.
—Aquí en estos 3mil 200 metros cuadrados vivimos mi madre y yo.
La vista recorre, desde el ventanal de esta pequeña biblioteca, el
amplísimo jardín. Jardín muy bien cuidado y sobre todo bien concebido. El amplio
espacio cubierto de grama se equilibra con los macizos de verdura y con los
altos árboles. Y la verdura no estorba el tránsito, ni el pasto está
desguarnecido de sombra. Grupos de bancas de hierro, como de parque
provinciano, sugieren largas, amenísimas horas de conversación o de lectura al
aire libre en tardes soleadas como ésta.
Paso la vista por los volúmenes de la biblioteca. Novo se dirige a un
rincón.
—Aquí –indica señalando todo un entrepaño– está toda mi obra.
Veo. Desde los Ensayos y poemas
del año 1925 hasta sus últimos volúmenes. Falta la Antología de la fiebre amarilla. Debe estar con el encuadernador,
porque todos estos libros llevan hermosas pastas.
Antes de los Ensayos y poemas
hay otro libro. Piel azul marino. El primero del estante.
—El primero de mi historia. Mire usted –Novo lo saca–. Contiene mis
poesías de niñez –lo hojea-. Está fechado en 1916. Ya tenía doce años.
Es un volumen manuscrito. Se aprecia la caligrafía deliberadamente
cuidadosa del niño que se cuida de estos detalles. Novo usaba tinta café. Ese
tono causa, en el papel amarillento, cierto efecto de cosa mucho más antigua.
—¿Me deja ver alguno de estos
versos?
—Véalos. Anticipan ese género de poesía satírica bastante agresivas y grosera que he
cultivado a veces más tarde. Véalos.
Un título: “Don Daniel y doña Nico”.
—Eran criados de mi casa –me explica el maestro–. Me eran antipáticos.
Me desquitaba de sus pequeñas jugarretas…
“La historia voy a contar
De un par de viejitos chiricos
Pasando visa de ricos
Con boca de muladar”.
—¡Qué buenos versos! –digo.
—Impecables. Muy bien medidos. En casa, en Torreón, había una
biblioteca en que pasaba largas horas. La leí toda. Creo que ahí me adiestré el
oído. Siempre supe medir versos y encontrarles la música.
—¿Nunca los ha publicado?
—Jamás. Han salido algunos pero no de niñez, sino de adolescencia.
Estos están inéditos.
En el tomo hay poesías amorosas en forma de redondilla, poesías
descriptivas; y muchas otras que tratan
de la desventurada pareja de don Daniel y doña Nico. Digo desventurada porque
ya se ve que el niño Salvador los tomó por su cuenta.
—Así que de veras lleva usted
cincuenta años de escritor.
—Es rigurosamente cierto. A los diez años ya escribía. Pero venga.
Demos un paseo por el jardín.
Sello postal conmemorativo a Salvador Novo. (4) |
Una gran paz en este jardín. Veo que la casa está sentada sobre un
alto rocoso, cubierto de vegetación. Lava del Pedregal. Allá en lo algo se
distingue una ventana corrida como de diez metros. “Mi recámara”, explica el
maestro.
—¿Y no iba a la escuela de
chico?
—No. Imagínese usted. Eran los tiempos de la Revolución. Entraban los
villistas y luego salían y más tarde volvían a entrar. No era posible. Se vivía
en perpetua zozobra. Mis familiares decidieron librarme de las imprevisibles
escaramuzas callejeras. Tuve una educación doméstica, cuyo centro fue aquella
biblioteca de que le hablaba.
—¿No tuvo hermanos?
—No, fui hijo único.
—Entonces, se explica que se le
haya desarrollado tan pronto la afición a las letras.
—Sí. Acaso sin villa hubiera asistido a una escuela de Torreón,
hubiese tenido muchos amigos y no me hubiera aflorado el gusto de leer y de
escribir.
—Es decir que usted es algo así
como un don Pancho Villa.
Vuelve a sonreír. Hemos llegado a un ángulo del jardín, donde hay una
cabaña de techos inclinados.
—La he dejado arruinarse –me explica Novo–. Antes aquí jugábamos al
bridge los domingos… Mire, este es el comedor donde cenábamos.
—En aquella esquina hay una construcción más.
Vamos hacia otro ángulo del parque. Este pequeño edificio es, me dice
Novo, donde escribió La culta dama y sus famosos arreglos para teatro infantil
de Astucia y Don Quijote. Sillones amplios. Un muro cubierto de espejos y en
medio de ellos una chimenea. A los lados lámparas sobre estatuas doradas. Como
toda la casa, este pabellón está hecho pensando en la charla y el estudio.
Tanto estos dos pabellones accesorios como el casco de la finca fueron
concebidos para ello. En el casco existen no menos de cuatro salones, la misma
abundancia de butacas y confidentes, espejos y lámparas. Hay unas de Venecia a la
entrada, policromas, de gran tamaño, representan diosas, o quizá simplemente
doncellas en actitudes semiheroicas. Novo me ha mostrado un candil de Murano de
varios colores, “como ya no se hacen”, me apunta. Un retrato suyo hecho por
Diego Rivera. Otro de su madre, por López Mancera. Escenas mitológicas o
literarias. Cuadros con yardas decoradas, tapices, cortinas, porcelanas.
Atmósfera de los veinte de cuando salía Contemporáneos.
Aquí, en el pabellón del fondo nos hemos sentado a descansar un rato.
—Luego, quiero que conozca a mi madre. Tiene setenta y siete años. Los
domingos vienen a verla los parientes. Tíos, primos… Hacemos la tertulia en
casa. Así es mi rutina dominical; me levanto temprano como todos los días, pero
en lugar de ir a La Capilla me quedo un rato más. Pongo en orden los libros,
examino algún manuscrito, leo los suplementos dominicales… Luego voy con el
chofer de compras, a dar una vuelta y a pasear en carro. Regreso, estoy con la
familia, duermo la siesta… Entre semana hay también rutina. Dejo la cama a las
siete. Abro la ventana. A esa hora el jardín tiene unos olores espléndidos y
todo es muy fresco. Empleo dos horas en las restauraciones imprescindibles.
También en leer los diarios y voy a La Capilla. Ahí me espera el viejo Hilario.
Trabajo. Escribo. Escribo todos los días. Como. No dispongo lo que hay que
comer. Eso lo hace mi tocayo Salvador. Tiene imaginación y varía los menús.
Después me tiendo en una mesa rígida que mandé hacer, sin cabecera ni nada. Ahí
duermo hasta eso de las cuatro. Vengo a casa, me arreglo si hay que salir. Voy
al teatro, a veces al cine, a hacer compras… Esa es mi vida.
—¿Cómo aprendió usted lo que sabe de cocina?
Porque en su homenaje, Dalmau Costa ya ve cómo lo elogió.
—Me elogiaron mucho y muy bien. Quiero decir, nadie llegó a las
exageraciones de mal gusto. Se habló de lo que he hecho y nada más. Nadie
pronunció la palabra “genio”… Pero me preguntaba cómo aprendí a cocinar.
—Una de sus gracias menores…
—Pues fue durante o un poco después de la guerra. Había llegado a
México un barón von Marx. Fundó el 1-2-3 y algún otro club. Creo que todavía es
dueño del Rívoli, pero no estoy seguro. El caso es que voy Marx anunció unos
cursos de alta cocina para señores. Me inscribí. Siempre me ha gustado comer
bien, y las cocineras no daban el ancho. Rutinarias, o indigestas o
definitivamente malas.
—En fin, me inscribí a tres cursos, hasta que el maestro declaró que
ya sabía todo lo que podía enseñarme. Y me corrió. Todavía me recuerda como a
un discípulo distinguido.
—Me decía que le había gustado
el banquete de sus sesenta años…
—Pues sí, ¿Se fijó cuánta gente había?
—Estaba todo México.
—Fueron todos muy amables, Me conmoví.
No sólo había literatos, sino también políticos, banqueros, actores,
gente que yo nunca creí que podría ver algún día. Gene que hasta parecía que
estaba muerta. Varias generaciones. Es cierto. Nos hemos levantado y hemos
salido al jardín rumbo a la casa grande. Los perros ladran cuando nos ven.
—Es usted muy trabajador,
maestro. Y además muy metódico. No deja día por lo visto sin sentarse a
escribir…
—Es mi profesión.
Veo las bancas del jardín. Vacías.
—¿Tiene muchos amigos?
—Muchísimos.
—¿Y enemigos?
—Bueno, no sé. Hay antípatas muy naturales y legítimas. Eso de tener
enemigos, de verdadero odio, pues no sé.
—Pero usted, en esos versos agresivos de que me hablaba hace rato, ha
sido terrible. ¿por qué no me cuenta de sus amigos y de sus enemigos?
—Alguna vez.
Pero yo sé que, aparte de las rivalidades y las rencillas, Novo es
apto para la amistad. Para sentir y provocar simpatía. ¿no lo probó el banquete
famoso? ¿No es uno de sus libros más recientes una colección de textos sobre la
amistad?
Está ya la señora, su mamá, rodeada de los parientes. Muy amable. Y de
pronto dejo a Novo con sus allegados. Cuando sale a despedirme me atrevo a
preguntar:
—¿Cuándo hizo esta casa?
—En 1943. Me costó 45 mil pesos.
—¡Qué barbaridad! ¡Cuarenta y
cinco mil pesos más de tres mil metros, en Francisco Sosa! Claro, hace más de
veinte años.
—Pero el otro día vinieron a hacer un nuevo avalúo. Tendré que pagar
una barbaridad de contribuciones. Sin contar lo que cuesta mantenerla.
—Ha de gastar mucho.
—Mucho, la servidumbre, el jardín, todo eso.
—Pero usted vive, y vive muy bien, de la literatura.
—Es cierto.
—Hasta pronto.
Ahora no es la casa de Novo en Coyoacán, sino la Capilla. Esa mezcla
de teatro y de hostería en donde el maese Novo escribe sus diarias cuartillas,
recibe a los amigos y, de vez en vez, dirige obras como Trece a la mesa. El
público va a verlas con la misma disposición de ánimo con que concurre a probar
sus manjares: seguro de encontrar algo muy bueno, sujeto a todos los cánones
del arte.
Está Novo disponiendo no sé qué arreglos en el edificio. El viejo
Hilario me recibe en la reja y me introduce.
—Quiero que me hable ahora de su
vida literaria. Ya no vi en el “cascarón” y me enteré de cómo vive y de lo que
hace cotidianamente.
—¿Qué quiere usted que le diga de mi literatura?
—En el banquete por sus sesenta
años de escritor, Monsiváis afirmó que usted es el padre de un nuevo matriz de
nuestras letras. Que había introducido en ellas la ironía y se había olvidado
del almíbar, el patetismo y la solemnidad. ¿Será cierto todo eso?
—Creo que el acometer la literatura, apetecí sencillamente la
limpieza. El aseo implica el abandono de las ropas sucias, viejas, gastadas y
anacrónicas: el jacquet oratorio, el bombín, el bastón, el lenguaje porfiriano
cargado de las peores importaciones francesas del siglo XIX. Esa ropa, es decir
este lenguaje, condicionaba entonces la actitud ante la vida. Era una actitud
solemne y por ello grotesca. Grotesca para un pueblo cuya finura, desnudez e
innata elegancia florecen en la sonrisa.
—Y la sonrisa, claro, no tiene nada que ven con la solemnidad…
—Pero espere un momento, Beatriz. No vaya a ser que se entienda que yo
desdeño nuestro siglo XIX. No tengo nada contra el tiempo en que vivieron y
escribieron el Pensador Mexicano, Luis G. Inclán y José Tomás de Cuéllar. Su
vinculación con el pueblo les infundió algo así como un sentido involuntario
del humour. Usaron un lenguaje vivo y
nuestro, antiacadémico, que los hacer preferibles a los apretados de su época.
Casa de Salvador Novo, actualmente a la venta en 74 millones de pesos. (6) |
GRANDILOCUENCIA TEMPRANA
—¿No se deberá en parte la
ironía de usted a sus lecturas de poetas y prosistas anglosajones?
—Los leí muy temprano. Seguramente algo tuvieron que ver. Ellos
también se habían levantado contra la grandilocuencia que también padecieron
sus países en el “siglo de las luces”. Mencken, Huxley y Shaw resultaban
ejemplos magníficos…
—Pero en fin, usted se siente
descendiente del Pensador, de Inclán y Cuéllar.
—Sí. Ellos son los antepasados que yo elijo.
—Qué suerte poder elegir los
parientes, aunque sea en literatura.
—Los escojo, sí, señora. Y una vez bañado, limpio con las aguas de
aquellos abuelos míos, hasta puedo transigir con don Guillermo Prieto. Por
algunos trozos de las Memorias de mis
tiempos lo nombre mi tío.
—¿Y esta búsqueda de una
genealogía, no lo conduce, maestro, al hallazgo de su propia imagen, quiero
decir al del escritor Salvador Novo, vinculado a su tierra y a su historia?
—Sí. Al pensar en estas coas, en este juego de identificar y designar
a mis abuelos literarios, me ha hecho usted cavilar en eso de la raíz auténtica
de México. ¿Qué es lo que aprecio de aquellos novelistas y poetas? ¿Qué es lo
que yo mismo he intentado hacer? Me parece que hay una tarea común, realizada
en unos casos mejor, en otros no tan bien: la búsqueda de la raíz auténtica de
México. Yo he andado siempre en esa pesquisa. A la caza de lo que es nuestra
patria y de lo que esa revelación pueda entregarme. De ahí vendría la mejor
nutrición espiritual.
—¿Y la ha encontrado usted?
—Por fin, me parece que sí. ¡Bien tarde por desgracia! Ha sido al
toparme con el náhuatl! Con el mundo del náhuatl. Acaricio la ilusión
–analítica– de que mi poesía provenga de mi raíz indígena mientras que en mi
prosa florezca un castellano poderoso y ya aclimatado. Aclimatado a un México
que ni se mantenga estático dentro de sí mismo, ni se sienta subyugado, ni
afrancesado, ni poco. Un México limpio, libre en todos los sentidos, capaz de
pronuncia su palabra, entonar su canto y esbozar su sonrisa.
Me le quedo viendo a Novo un poco conmovida. No sé, pero me conmueve
este hombre hablando del náhuatl, idioma cuyo aprendizaje se dedica desde hace
unos pocos años. Famoso, lleno de trabajo, agasajado siempre aquí y allá, ha
ido con León Portilla y con el Padre Garibay y se ha empeñado con ellos en el
estudio del idioma ilustre. Creo yo que es un ejemplo magnífico. Una lección de
juventud.
—Hay que cambiar de tema, quisiera
que me dijese cómo ha visto usted evolucionar a la sociedad mexicana.
—Fui testigo infantil de agónico porfirismo, de la rigidez de sus
jerarquías. En el norte, me asaltó el violento contraste villista. Reintegrado
a México, adolescente, en años decisivos (1917: la Constitución), viví una
década turbiamente mezclada: generales omnímodos, ricos nuevos, y el
contrapunto de un Vasconcelos iluminado. El indio volvía a servir a la
demagogia; pero apuntaba la posibilidad de un nuevo mestizaje ya no racial,
sino de clase. La Revolución atendió a la salud al mismo tiempo que a la
educación y que a la economía. Libre de prejuicios y barreras, la gente se
multiplico. Y nuevas, frescas, vigorosas, audaces generaciones empezaron a
empujar, a desbancar al militarismo.
—¿Y del mundo intelectual?
—También iba ampliándose, despojándose de “tabúes” y prejuicios, y de
ídolos. La pequeña Universidad de 1921 y los selectos , engreídos intelectuales
de los “veinte”, se diluirán con los años hasta las gigantescas proporciones de
la UNAM actual –y hasta los muchos, dispersos, inteligentes escritores que
producen en la provincia y aquí mismo en México sin ser conocidos ni mucho
menos célebres. Algunos de ellos son sin duda mejores de lo que en aquel tiempo
éramos nosotros, los que lucíamos por escasos. Lo que pasa es que ahora es más
difícil descollar. Por dos razones: por la competencia y por que los viejos nos
resistimos a abdicar. No lo digo por mí. Yo no cuento con “clique”.
—¿Es más nuestra, más nacional
la literatura que se escribe ahora?
—Evidentemente es ahora más nacional la vida literaria de México que
en los veinte o treinta. El famoso complejo de inferioridad que Ramos nos
señala se ha desatado, no hacia un orgullo patriotero de falso nacionalismo,
sino hacia el examen sereno y la admisión digna de nuestra realidad. Es lo que
observamos en Carlos Fuentes, en Rulfo, en Rosario Castellanos, en Carballido.
—¿Considera usted que es bueno
el nacionalismo en literatura, en pintura y en general en el arte?
—El nacionalismo deliberado no. Es maquillaje, y se nota, y no engaña
a nadie más que al que adopta el disfraz. El nacionalismo no debe excluir el
conocimiento y aun el respeto de las manifestaciones extranjeras. Es decir, no
debe ser combativo. Debe surgir de un espontáneo contentamiento con lo que no
tiene en casa, sin necesidad de establecer…
—Limitaciones a la importación.
—Eso. De esta suerte, el nacionalismo es deseable, porque constituye
la única garantía de autenticidad y por lo tanto la única posibilidad de
perduración.
—Así, con un nacionalismo
razonable, sin rencillas ni altanero, ¿considera usted que no hay peligro de
que se malogre nuestro movimiento cultural?
—¿Cómo podría malograse? Esa actitud es el medio idóneo para alcanzar
nuestra realización.
—Hábleme usted, maestro, de su
grupo, o de sus compañeros, o de sus contemporáneos, que son los Contemporáneos
por antonomasia.
—Los Contemporáneos desempeñaron heroico papel en el aseo espiritual,
idiomático, cultural del México turbio de los veinte. Fueron relativamente
endiosados, pero como los mancebos aztecas: para desarrollarlos. El sacrificio
fue útil, porque, como en el caso de Xipe Totec, después de ellos la tierra
lució una nueva piel, una verde, florida, extensa nueva piel de poetas y
escritores.
—¿Y de los poetas proletarios de
los treinta, qué opina usted?
—Fueron el estiércol, tan necesario para abonar la tierra.
—¿Y cómo se han portado los que
vienen después?
—Ya nacieron en cuna limpia. De parto feliz. Bien alimentados. Es
natural que posean voces claras y ojos agudos. Y para ellos, eso del
nacionalismo no es ya problema de asimilación, ni de maquillaje: es su
respiración natural, el fluir de su sangre. Ni su oculta humillación ni se
exhibida credencial, sino su derecho en pleno ejercicio.
—Me parece muy bien esto que usted dice. Porque en realidad, al leer a
escritores anteriores, se tiene la impresión de que esgrimían lo mexicano como
un arma. Se anticipaban a defenderse de ofensas que no siempre se producían. O
bien, se tomaban trabajos inauditos para que nadie pudiera identificarlos como
mexicanos. Lo primeo es, creo yo, el caso de la credencial; y lo segundo, el de
la oculta humillación.
Novo ha sido muy gentil, casi heroico, al recibir a pie firme esta
andanada de preguntas. Ha contestado con largueza y en veces con entusiasmo.
—Una última pregunta maestro.
—Sea.
—Cumplidos sus sesenta años (y sus cincuenta de escritor), ¿cómo juzga
su propia obra?
—La juzgo como parte de mi vida. Una es la otra. Es decir, mi obra es
en cierta forma mi vida y mi vida es mi obra. Mi obra expresa lo que ha sido mi
vida, con todas sus imperfecciones. Expresa lo que he querido hacer y lo que he
querido ser. Con ella he tratado de reintegrar al mundo, a los demás, lo que el
mundo y los demás me entregaron como materia prima y vital para que yo, con mi
destreza, lo elaborase.
—Mi obra tiene pues mis defectos: la prisa, la intransigencia. Y tiene
asimismo mis virtudes: la curiosidad insaciable, la tenacidad y mi obsesión por
el orden, el método, la higiene…
—A veces –interrumpo– es usted temible burlón…
—No es que me burle de lo que haya solido encarnecer. Es que le pongo
un espejo enfrente… –un momento de meditación y concluye–. Y con mucha
frecuencia me miro en él.
Con información de: Biografías y Vidas.
Aquí una liga a poemas de Salvador Novo en audio. Cecilia.
Referencia de la entrevista:
Reyes Navares, B. (1964). La desnudez del lenguaje.
Entrevista a Salvador Novo. En 100 entrevistas, 100 personajes. PIPSA. México.
(pp. 157-159).
Imágenes tomadas de:
(1) Wikiméxico.
(2) El siglo de Torreón.
(3) MxCity.
(4) Huffpost.
(5) San Luis.
(6) Inmuebles24.
D. R. 2018 Darío Aguirre
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